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LA CREACIÓN DE LA CARRERA DE PSICOLOGÍA EN LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA: EL PASAJE DEL CAMPO DE LA EDUCACIÓN AL PREDOMINIO DE LA CLÍNICA. EL LUGAR DEL PSICOANÁLISIS (1957-1966). Alejandro A. Dagfal UNLP-UBA
Introducción histórica [Inicio de Página]
Si bien
la creación de la carrera de psicología en la Universidad
Nacional de La Plata recién se produjo en el año 1958,
la disciplina ya tenía en esa ciudad una historia de más
de cinco décadas. Desde el nacimiento de la Universidad Nacional
en 1905, la psicología había ocupado un lugar central
en el campo académico. En 1906, con la creación de la
Sección Pedagógica de la Facultad de Ciencias Jurídicas
(a cargo de Víctor Mercante), se inició un período
de casi veinte años durante el cual la psicología experimental
aportó los fundamentos teóricos para una pedagogía
que, dentro del marco del positivismo, se pretendía científica.
El punto de aplicación de estas teorías eran los alumnos
de las escuelas primarias, cuya educación debía basarse
en normas generales que le aportaran racionalidad, y en determinados
conocimientos prácticos. Tantos esas normas como esos conocimientos
tenían que cimentarse de manera empírica, tarea a la que
dedicarían gran parte de sus vidas el mismo Mercante, Rodolfo
Senet y Alfredo Calcagno privilegiando la utilización de métodos
experimentales y estadísticos.
En 1914, durante el apogeo de este período, la Sección
Pedagógica se convirtió en Facultad de Ciencias de la
Educación, y su órgano de difusión (los Archivos
de Pedagogía y Ciencias Afines) pasaría a llamarse Archivos
de Ciencias de la Educación. Los vínculos con centros
académicos del exterior parecían ser muy estrechos, si
se considera la publicación de artículos de autores tales
como Janet y Dumas y los relatos de Mercante sobre su visita al laboratorio
de Claparède y su encuentro con Sigmund Freud. En 1920, jubilado
Mercante, las "ciencias de la educación" (y por consiguiente
la psicopedagogía), de la mano de una tardía declinación
del positivismo, fueron desplazadas a un lugar menos central. La Facultad
cambió su nombre por el de "Facultad de Humanidades"
(y Ciencias de la Educación), adquiriendo mayor relevancia las
secciones de filosofía e historia.
En los lustros por venir no habría en la Facultad figuras muy
destacadas por su producción en el campo de la psicología,
ya que Alfredo Calcagno y Enrique Mouchet sobresalieron más por
su actividad institucional que por su elaboración teórica.
Paralelamente, la disciplina se emparentaba con posiciones más
filosóficas, acusando la recepción de autores como Dilthey,
Spranger y Bergson. Los dos primeros habían introducido la significación
como un tema central para las ciencias del hombre, mientras que el tercero
había asestado un duro golpe a la psicología experimental,
ensalzando la intuición y la experiencia subjetiva a partir de
sólidos argumentos.
En la década del ´40, la Facultad ya constituía
un espacio muy complejo y heterogéneo donde se daban cita numerosos
profesores de extracción diversa, quienes poseían un cierto
renombre o lo adquirirían en años subsiguientes. En la
Sección de Filosofía y Ciencias de la Educación
dictaban clases, en 1945, Coriolano Alberini y Eugenio Pucciarelli (en
Introducción a la Filosofía), Luis Juan Guerrero (en Estética),
Marcos Victoria (en Biología del Sistema Nervioso), Ernesto Figueroa
(en Psicología), Francisco Romero (en Lógica), Carlos
Astrada (en Ética), Alfredo Calcagno (en Psicopedagogía)
y Alberto Palcos (en Teoría e Historia de las Ciencias); mientras
que en la Sección de Historia y Geografía también
daban clases Ricardo Levene, José Luis Romero, Vicente Fatone
y Abraham Rosenvasser. Como muestra de la pluralidad teórica
puede notarse que convivían en una misma institución el
continuador de la tradición experimental y positivista de Víctor
Mercante (Alfredo Calcagno), los introductores del novecentismo antipositivista
y del pensamiento "espiritualista" de Bergson (Alberini y
Figueroa), junto a un médico neurólogo formado con Christofredo
Jakob (Marcos Victoria, quien sería más adelante el primer
director de la carrera de psicología de la UBA).
El primer peronismo implicó un punto de quiebre para la tradición
académica de la UNLP. Numerosos profesores abandonaron sus cargos
y muchos otros fueron exonerados (como Calcagno, Romero, Levene, Palacios,
etc.). La Universidad Reformista, que se identificaba como autónoma
y laica, pasó a depender de manera directa del poder político.
Los sectores más conservadores de la Iglesia llegaron a detentar
posiciones importantes, en particular en la Facultad de Humanidades
y Ciencias de la Educación, donde adquirieron un impensado relieve
figuras tales como los presbíteros Octavio Derisi (quien fue
el primer director del Instituto de Filosofía), Guillermo Blanco
(profesor interino de Psicología) y Juan Sepich (profesor titular
de Ética, que 1949 tendría un rol fundamental en la organización
del Primer Congreso Nacional de Filosofía). La inspiración
aristotélico-tomista de estos sacerdotes no dejaba de admitir,
previa resignificación, el ingreso de corrientes de pensamiento
más modernas, como el existencialismo, dando lugar a una especie
de "humanismo cristiano" que trascendería más
allá de la caída de Perón. Mientras tanto, profesores
como Eugenio Pucciarelli y Luis Felipe García de Onrubia (profesor
de Psicología entre 1947 y 1949), que habían sido alumnos
de Korn y Alberini, introducían la fenomenología (alemana
y francesa), la Gestalttheorie y también el existencialismo.
Resulta claro que, durante este período, la psicología
académica era eminentemente teórica. Sin embargo, a partir
del Estado provincial (y notoriamente al margen de cualquier vinculación
con la Universidad), se desarrollaría una psicología aplicada
dentro del campo de la educación, no ya con fines pedagógicos
sino con la intención de vincular la escuela con el mercado de
trabajo a través de la orientación profesional. Con este
fin se creó en 1948 el Instituto de Psicología Educacional
y Orientación Profesional, como dependencia de la Dirección
General de Escuelas. Allí se incorporaron, en carácter
de "técnicos", el Dr. Bernardo Serebrinsky (un conocido
psiquiatra infantil del Grupo de Gregorio Bermann) y Jaime Bernstein
(socio fundador de la editorial Paidós, dedicado a la psicometría
y los problemas de la educación, que luego sería un personaje
clave en la apertura de la carrera de psicología en Rosario).
En 1949, el Instituto fue elevado al rango de Dirección Provincial,
quedando a cargo de Ricardo Moreno (quien años después
sería uno de los secretarios del Primer Congreso Argentino de
Psicología). A partir de una psicología actualizada por
la adopción de métodos estadísticos y el empleo
de tests psicométricos y proyectivos se buscaba clasificar a
los alumnos del último año de la escuela primaria según
sus aptitudes, condiciones físicas e inteligencia para poder
realizar un "consejo profesional" adecuado. Esta tarea implicaba
una optimización del aprovechamiento de los recursos humanos
en el trabajo, por lo que había sido jerarquizada a partir de
la industrialización promovida por el peronismo, mereciendo incluso
un párrafo en la Constitución Nacional de 1949 (Klappenbach,
1994; Munín, 1989).
El Estado se constituía así en el principal promotor de
una psicología aplicada que no se agotaba en la orientación
profesional, sino que incluía tareas de "asistencia",
más vinculadas con la orientación psicopedagógica
y con la detección y atención de los "niños-problema"
(función que años más tarde se denominaría
"clínica de conducta"). Para tal fin se creó
la figura del "asistente educacional" y se implementó
(aunque de manera bastante asistemática) una escuela para "técnicos
en psicología", destinada a la formación de los maestros.
Estos maestros, devenidos en asistentes educacionales, fueron la punta
de lanza de la psicología en el sistema educativo. Intervenían
en el seno de la escuela autorizándose en un saber técnico
novedoso, que aún no gozaba de demasiado prestigio entre las
docentes más tradicionales. Más allá de las palabras
pomposas de los funcionarios políticos, cumplieron un rol importante
en la difusión de la psicología en el campo de la educación,
si se considera que, sólo en el año 1948, se expidieron
1857 consejos profesionales (sobre un total de 2600 alumnos de sexto
grado del distrito La Plata). Cada consejo profesional implicaba un
largo proceso, durante el cual el asistente educacional debía
entrevistar a los alumnos, a sus padres y a sus maestros, con lo que
la cantidad de actores involucrados se multiplicaba. La recepción
de la comunidad para estos nuevos personajes fue positiva o, en todo
caso, tibiamente indiferente, no registrándose testimonios de
resistencia u oposición.
El año 1954, con la organización del Primer Congreso Argentino
de Psicología en San Miguel de Tucumán, se produjo uno
de los antecedentes más importantes para la creación de
las carreras de psicología en el país. Allí se
dieron cita por primera vez profesores de psicología y practicantes
de origen diverso, incluyendo filósofos, psicoanalistas, psiquiatras,
pedagogos y psicometristas. También asistieron algunos invitados
extranjeros, como Pascual de Roncal y René Lacroze, y mandaron
comunicaciones personalidades como Gordon Allport y Agostino Gemelli,
entre otros. Ricardo Moreno, que había sido relevado de su cargo
en la Dirección en 1952 y ya era profesor en Tucumán,
fue designado secretario del congreso (junto a Oscar Oñativia).
Por su parte, Francisco González Ríos (profesor de la
Facultad en el primer curso de Psicología), fue elegido representante
de los delegados nacionales, y en ese carácter pronunció
el discurso de apertura. En la sesión plenaria realizada en la
ciudad de Salta el 22 de marzo se aprobó una declaración
relativa a "la creación de la carrera universitaria del
psicólogo profesional", presentada por los profesores Luis
Juan Guerrero, Eugenio Pucciarelli, Alberto Palcos, Francisco González
Ríos, Carlos Astrada, Ricardo Moreno, Oscar Oñativia,
Plácido Horas, Luis María Ravagnan y Osmán Dick:
El Primer Congreso Argentino de Psicología declara la necesidad de crear la carrera universitaria del psicólogo profesional con arreglo a las siguientes condiciones: I. Se establecerá como sección autónoma en las Facultades de carácter humanístico, aprovechando los institutos ya existentes y la enseñanza que se imparte en esas y en otras Facultades que puedan ofrecer su colaboración (Medicina, Derecho, Ciencias Económicas, etc.); II. La carrera comprenderá un plan completo de asignaturas teóricas y la debida intensificación práctica en las distintas especialidades de la profesión psicológica, otorgando los títulos de Licenciado en Psicología (previa tesis de Licenciatura) y de Doctor en Psicología (previa tesis de Doctorado); III. Establecerá además carreras menores de Psicólogos auxiliares en los distintos dominios de la terapia médica, pedagogía, asistencia social, organización industrial, y otros campos de aplicación a las necesidades de orden nacional y a las regionales servidas por las diferentes universidades argentinas (Anónimo, 1954: 121-122).
Cabe destacar
que, de los diez profesores que firmaron esa declaración, cinco
eran docentes de la UNLP o lo habían sido recientemente (Guerrero,
Pucciarelli, Astrada, Palcos y González Ríos), uno había
estado a cargo de la Dirección de Psicología (Moreno),
otro sería docente de la UNLP y Director de la Dirección
de Psicología (Ravagnan) y otro había estado estrechamente
vinculado a la mencionada Dirección (Horas). Todo parecía
indicar que este grupo tan heterogéneo había arribado
a los consensos necesarios para peticionar por la creación de
la carrera universitaria de psicología de manera efectiva, como
lo demuestra el hecho de que pocos años después muchos
de sus miembros ocupasen lugares destacados en la apertura de las carreras
de La Plata, San Luis, Tucumán, Rosario y, en menor medida, Buenos
Aires.
Semanas más tarde, el profesor González Ríos presentó
ante el Consejo Directivo de la Facultad de Humanidades y Ciencias de
la Educación de la UNLP un proyecto proponiendo la creación
de la carrera y el Instituto de Psicología (Fac. de Humanidades
y Cs. de la Ed, 1954: 70). La carrera no fue aprobada, pero sí
el Instituto "por así exigirlo el profundo proceso de realización
en lo económico, en lo político y en lo social que actualmente
se cumple en el país" (UNLP, 1954). El profesor González
Ríos fue nombrado director del Instituto, que a su vez pasó
a depender del Departamento de Filosofía y Pedagogía.
La caída de Perón y el final de los ´50 [Inicio de Página]
El año
1955, con el derrocamiento de Perón, implicaría el inicio
de un acelerado período de renovación social y cultural,
similar al vivido por las naciones europeas durante la segunda posguerra.
La ciudad de La Plata recuperaba su antiguo nombre, y dejaba de llamarse
"Eva Perón". El populismo tradicionalista del régimen
depuesto era rápidamente reemplazado por el ideario liberal de
la dictadura triunfante. Eran tiempos de modernización y apertura,
que preanunciaban (y en cierta forma iniciaban) lo que sería
la década del ´60.
El Estado provincial intervenía activamente en el campo cultural
a través de diversas iniciativas. El Ministerio de Educación,
por ejemplo, comenzó a publicar "la nueva serie" de
la Revista de Educación (heredera de los Anales fundados por
Sarmiento casi cien años antes). Incluía una sección
de "artículos" (originales), otra de "estudios
y traducciones", una de "actualidad pedagógica",
otra de "lecturas", una de "lenguaje y estilo" y,
finalmente, una dedicada a reseñas de libros de reciente aparición.
Su misma estructura ya dejaba trasuntar una voluntad de amplitud en
la convivencia de distintos saberes, receptando ávidamente el
existencialismo (en sus vertientes más "optimistas",
con artículos de Gabriel Marcel y Jean Wahl) e incluso a las
corrientes epistemológicas "no racionalistas" (con
traducciones de Gaston Bachelard y George Canguilhem, entre otros).
También tenían un lugar las últimas tendencias
de la sociología "científica" y las diversas
psicoterapias. El lugar de privilegio otorgado por la revista a la disciplina
psicológica merece un párrafo aparte. A tono con la popularización
masiva de la psicología que se venía registrando desde
la década anterior, ya en los primeros números se incluían
referencias a autores europeos (como Emilio Mira y López, Paul
Fraisse y Daniel Lagache), latinoamericanos (como Honorio Delgado y
Alberto Seguin) y argentinos (como Luis Ravagnan, Plácido Horas
y Florencio Escardó). Llama la atención el espacio concedido
a artículos de tipo más psicopatológico (o, en
todo caso, de psicología general) que aparecían a veces
con mayor frecuencia que los estrictamente psicopedagógicos.
La Dirección de Psicología (mencionada más arriba),
continuaba con sus actividades, pero bajo un nuevo nombre: "Dirección
de Psicología Educacional y Asistencia Social Escolar".
Llaman la atención, ante el cambio de autoridades en 1955, las
palabras del interventor en un informe que respondía a ciertas
acusaciones que se habían planteado ante el Ministerio:
En lo que se refiere a la imputación de orden técnico, referente a que se utilizaban métodos psicoanalíticos para el tratamiento psicológico de menores de edad, especialmente púberes, ocurre otro tanto, ya que la preparación del personal, así como el examen de los expedientes han probado una amplia heterodoxia respecto de la doctrina mencionada.
Esta necesidad
de demostrar que no se había "incurrido" en la utilización
de métodos psicoanalíticos muestra que, pese a lo que
podían indicar las apariencias (si uno se guiara por la línea
sostenida por la Revista de Educación), la recepción del
psicoanálisis en las reparticiones del Estado había sido,
sino polémica, al menos dispar.
Por su parte, en la Universidad, la llegada de la autodenominada Revolución
Libertadora fue saludada con júbilo por los sectores universitarios
platenses, con una larga tradición laica y liberal. La intervención
había sido vivida de manera traumática, en particular
por las organizaciones estudiantiles que, desde la clandestinidad, se
habían transformado en pilares de la resistencia. Luego de la
caída de Perón, reclamaron a través de los centros
y de sus representantes un espacio acorde con el rol protagónico
que habían desempeñado. Se erigieron en custodios del
legado reformista, enarbolado los históricos principios de la
autonomía, la libertad de cátedra y el gobierno tripartito.
Esta vocación se plasmó en 1957 en la organización
del II Congreso Latinoamericano de Estudiantes, que se realizó
en La Plata con la presencia de delegados de dieciséis países.
Allí se discutió sobre el papel que les cabía a
los estudiantes en la consideración de los problemas económicos,
sociales y culturales que afectaban al continente.
En ese marco, el período 1955-1957, denominado "de normalización",
implicó una acelerada reconstitución de los claustros
(con la reincorporación de numerosos docentes cesanteados, como
José Luis Romero, Alfredo Calcagno, etc.), que desembocaría
en noviembre de 1957 en la elección de autoridades según
los principios de la reforma. El clima general era de "recuperación
democrática", de renovadas esperanzas en el futuro y, por
consiguiente, de una clara vocación participativa.
La
designación de una "comisión especial" y el
proyecto de crear un profesorado en psicología [Inicio
de Página]
Después
de 1955, los programas de las carreras de la Facultad de Humanidades
sufrieron grandes modificaciones, ampliándose la oferta de materias
en filosofía y psicología. En ese contexto, el diez de
mayo de 1957, el decano interventor Bernardo Canal Feijoo designaba
una "Comisión Especial" con el fin de proyectar el
plan de estudios de la carrera de "profesor en psicología"
(Fac. de Humanidades y Cs. de la Ed, 1958: 17-18). Analizar la conformación
de dicha comisión resulta del mayor interés, ya que refleja
fielmente el grado de heterogeneidad del grupo de profesores que intervino
directamente en este proceso, similar al de otras carreras del país.
La figura central de la comisión (ya que todo indica que él
fue el verdadero impulsor del proyecto) era Alfredo Calcagno. Merece
destacarse el hecho de que no sólo era un sobreviviente de tiempos
pasados, sino que había vuelto a la docencia en una posición
central: era otra vez profesor titular de Psicopedagogía (cátedra
en la que había reemplazado a Víctor Mercante en 1920),
pero también había sido designado jefe del Departamento
de Ciencias de la Educación. Probablemente esa colocación
no pueda explicarse solamente por su amplia formación o por la
vigencia de sus ideas (vinculadas originariamente a una psicología
experimental de corte positivista que ya en 1930 estaba fuera de época),
sino que en todo caso remitía a su trayectoria institucional.
Había sido decano de la Facultad entre 1936 y 1940, y presidente
de la Universidad entre 1944 y 1945 (año en el que incluso fue
encarcelado por unos días junto a otros rectores). En 1949, ya
como diputado nacional por el radicalismo, Calcagno lideró la
oposición en los debates parlamentarios por la ley universitaria,
redactando el despacho de la minoría. A lo largo de esos años,
se había transformado en un político avezado y en un símbolo
de la UNLP, por lo que su regreso no podía darse sino en un lugar
de privilegio.
En 1956, Calcagno había convocado a una joven médica española,
Fernanda Monasterio Cobelo (que por entonces estaba dando clases en
la Universidad del Sur, en Bahía Blanca), para hacerse cargo
del Instituto de Psicología y dictar además la materia
Psicología de la Niñez y Adolescencia, en el marco del
Departamento de Ciencias de la Educación. En Madrid, Monasterio
había sido discípula y adjunta del conocido endocrinólogo
Gregorio Marañón, y se había formado en psicología
general con José Germain (en el Instituto de Psicología
General y Aplicada), y en orientación profesional con José
Mallart. Al igual que Calcagno, entendía a la psicología
como una ciencia natural, y los unía una pasión común
por el tema del desarrollo y el paradigma evolutivo. En consecuencia,
con esas credenciales, pese a su relativa juventud (tenía entonces
treinta y siete años) no resulta extraño que hubiera sido
incluida en esta comisión.
Juan Cuatrecasas Arumí, otro de los integrantes de la "comisión
especial", había estudiado en Barcelona las carreras de
medicina y farmacia. Discípulo de Augusto Pi y Suñer (creador
de la Escuela de Fisiología de Barcelona) emigró a la
Argentina en 1936, a causa de la Guerra Civil, pasando a ser "representante
de Tarradellas en Iberoamérica" y de la "Generalitat
de Barcelona en la Argentina". En la Facultad dictaba las asignaturas
Antropología y Biología, en las que reflejaba su comprensión
genético-evolutiva del hombre y la cultura. Considerando la filogenia
y la ontogenia, afirmaba que la conducta y el psiquismo dependían
del grado de evolución de las estructuras perceptivas. Basándose
en las investigaciones histológicas y neurológicas de
Christofredo Jakob, desarrolló diversas tesis, entre las cuales
se destaca la de que el hombre es esencialmente un "animal óptico",
en el que el predominio de lo visual modela el cerebro, la inteligencia,
el lenguaje y hasta las fantasías (Cuatrecasas, 1962). Como Fernanda
Monasterio, era un digno representante del humanismo médico español,
que combinaba su interés por la filosofía con la investigación
de las bases biológicas de la conducta, por lo que gustaba de
ser llamado "psicobiólogo".
Había aún otro médico español en la "comisión
especial": el doctor Ángel Garma y Zubizarreta. Al igual
que Monasterio, pero quince años antes, había estudiado
en la Facultad de Medicina de Madrid. También fue "discípulo"
de Marañón -tanto en lo científico como en lo ideológico-,
con quien trabajó durante cuatro años. En 1927 viajó
a Alemania para realizar su formación en psiquiatría en
Tübingen, con el Dr. Gaupp, y luego en Berlín, con el Dr.
Bonhoeffer. Allí se enteró de la posibilidad de realizar
una formación en psicoanálisis en el Instituto Psicoanalítico
(que por entonces dirigía Max Eitingon), cosa que aprovechó
a partir de cierta desilusión que había tenido con la
psiquiatría. En 1929 empezó su análisis personal
con Theodor Reik, supervisando sus propios casos con figuras tales como
Otto Fenichel y Karen Horney. En 1931, luego de ser aceptado como miembro
titular de la Asociación Psicoanalítica Alemana, volvió
a España a trabajar como "psicoanalista", en los difíciles
años previos a la Guerra Civil. Finalmente emigró a América,
llegando a Argentina en 1938 (previo paso por París, donde entabló
una estrecha relación con psicoanalistas como Laforgue y Lagache).
Su primer contacto con la UNLP se dio ese mismo año, ya que allí
revalidó su título en la Facultad de Ciencias Médicas.
Junto a Enrique Pichón Rivière, Arnaldo Rascovsky y Celes
Cárcamo (recién llegado de París), en 1939 conformaron
el núcleo inicial de lo que en diciembre de 1942 se transformaría
en la Asociación Psicoanalítica Argentina, de la cual
Garma sería el primer presidente. Quince años después,
en 1957, se hizo cargo (de manera interina) de la cátedra Psicología
I del Departamento de Ciencias de la Educación de la Facultad
de Humanidades. Los pormenores de su llegada son bastante misteriosos,
ya que nada sugería su inclusión en un departamento dirigido
por Alfredo Calcagno. Considerando los contenidos del programa impartido,
en el que nueve de las once unidades en que se dividía se basaban
directamente en las obras de Freud, se deduce que se trató de
una de las primeras cátedras de psicoanálisis de la que
se tenga registro en las universidades argentinas. Los alumnos de los
profesorados de la Facultad, a quienes estaba dirigido el curso, parecen
no haber recibido demasiado bien la novedad, ya que solicitaron una
modificación del programa a través del Centro de Estudiantes.
Como veremos más adelante, la figura de Garma (el representante
más destacado de la ortodoxia psicoanalítica encarnada
en la APA) nunca llegó a suscitar la adhesión de los estudiantes
de las carreras de psicología, sino más bien todo lo contrario.
Las dos unidades que restaban del programa de Garma estaban a cargo
de su adjunto (y quinto miembro de la "comisión especial"):
Luis María Ravagnan. Ravagnan era el único miembro que
provenía de Buenos Aires, donde se había recibido de profesor
de filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras. Allí
fue titular del primer curso de Psicología entre 1950 y 1956
y participó en la redacción de un plan de estudios para
la carrera de psicología que nunca se llevó a la práctica.
En 1954 había asistido al Primer Congreso Argentino de Psicología
y, según vimos, fue uno de los signatarios de la declaración
que planteaba la necesidad de crear la carrera de psicología
a escala nacional. Tenía una colocación privilegiada en
los circuitos de la cultura letrada de la Capital, donde colaboraba
asiduamente en el suplemento dominical del diario La Nación,
e incluso llegó a publicar algunos artículos en las revistas
Sur y Nosotros. Del mismo modo en que su antiguo maestro Alejandro Korn
había introducido en la Argentina el pensamiento de Henri Bergson,
treinta años después, Ravagnan construiría su lugar
de introductor de la obra de Maurice Merleau-Ponty. Ya en 1948, en su
primer libro (Los métodos de la psicología, de la editorial
El Ateneo), ponía de relieve esa vertiente de la fenomenología
francesa, actitud en la que perseveraría a lo largo de más
de tres décadas, en las que escribió cinco libros y decenas
de artículos (tanto en publicaciones especializadas como de interés
general). Profundo conocedor de la filosofía francesa y amante
de la historia, consecuente con una actitud fenomenológica, nunca
dejó de predicar en favor de la unidad psicofísica (que
implicaba una conciencia encarnada en un cuerpo) y de la importancia
de la significación como característica de la existencia
humana. Crítico del psicoanálisis, también llama
la atención su contratación como adjunto interino en la
cátedra a cargo de Ángel Garma, en la que dictó
las dos unidades "no psicoanalíticas" (donde abordaba
la psicología de la conducta, la psicología fenomenológica,
la génesis sensorial, la percepción y la Gestalttheorie).
En resumen, la "comisión especial" estaba conformada
por cinco miembros con trayectorias bastante dispares en pedagogía,
filosofía, medicina y psicoanálisis, disciplinas que en
mayor o menor medida también estuvieron presentes en los núcleos
iniciales de otras carreras de psicología del país (como
las de Rosario, Buenos Aires, San Luis y Tucumán). Curiosamente,
la mayoría (tres de ellos) eran médicos españoles
emigrados que reconocían la influencia de Gregorio Marañón.
A excepción de Garma (cuyo soporte institucional era la APA y
dedicaba la mayor parte de su tiempo a la atención de pacientes)
y Monasterio (que ocasionalmente había ejercido la psicoterapia
y había realizado tareas de orientación profesional) los
otros integrantes tenían un perfil eminentemente académico,
centrado en la universidad y alejado de eventuales prácticas
profesionales.
Del profesorado en psicología a la carrera de psicología [Inicio de Página]
La "comisión
especial" se reunió con cierta periodicidad durante algunos
meses. Finalmente, Alfredo Calcagno y Fernanda Monasterio terminaron
redactando los proyectos para presentar al Consejo Directivo de la Facultad.
Según Monasterio, los otros miembros, con residencia en Buenos
Aires, les delegaron esa responsabilidad. Aparentemente no hubo entre
ellos mayor debate; no obstante, en los proyectos que se elevaron al
Consejo Directivo en marzo de 1958 había una novedad: ya no se
trataba de un "profesorado en psicología", según
el encargo original del decano Canal Feijoo, sino de una "carrera
de psicólogo".
En el medio, habían habido presiones de distintos sectores. En
febrero, la Asociación de Estudiantes del Instituto de Perfeccionamiento
Docente (que dependía a la vez del Departamento de Ciencias de
la Educación y del Ministerio de Educación) había
elevado al rectorado un pedido formal para que se abriera la carrera
de psicología. Sin proponérselo, el mismo Estado provincial
había generado un polo de demandas de estudios psicológicos
en el seno del sistema educativo. Muchos de los asistentes educacionales
formados por el Ministerio para intervenir en las escuelas (mujeres
en su mayor parte), reclamaban continuar sus estudios en una carrera
mayor que tuviera una salida profesional jerarquizada. A su vez, los
alumnos de Ciencias de la Educación veían en la psicología
una posibilidad de ampliar sus horizontes laborales en una dirección
radicalmente distinta de las ofrecidas por los profesorados de la Facultad.
La renovación social y cultural de la que ya hemos hablado más
arriba colocaba a la psicología (y a su primo hermano, el psicoanálisis)
en un lugar de preferencia. Era la clave que permitía dar significación
a los vertiginosos cambios que la modernización traía
aparejados en el tejido social y, en particular, en el seno de la familia.
Lo que ocurría en Buenos Aires no podía sino tener consecuencias
en La Plata, ubicada a apenas una hora de distancia. Allí, a
partir de la creación de la APA (con su Revista de Psicoanálisis
y su impacto en las élites intelectuales) y de la difusión
a gran escala de la psicología (a través de la televisión,
de revistas de distinta clase y de libros publicados por editoriales
como Paidós y Kapelusz, que eran ávidamente consumidos
por el público), los saberes "psi" habían terminado
por arraigar fuertemente en la cultura. Por otra parte, los estudiantes
habían desempeñado un papel muy activo en la apertura
de la carrera de psicología de la UBA (acorde con el protagonismo
penosamente obtenido durante las épocas de la resistencia), por
lo que en La Plata, la apertura de la carrera tampoco tardó en
transformarse en una causa de militancia política enarbolada
por el Centro de Estudiantes y la Federación Universitaria. Según
las palabras de Fernanda Monasterio
... era un hervidero de interés, simultáneo y extensivo a lo que sucedía en Buenos Aires. Lo primero que se creó fue el clima: había espíritu, había ambiente.
Del mismo
modo, en el cuerpo de profesores, había varios docentes que dictaban
clases en Filosofía y Letras de la UBA y en Humanidades de la
UNLP. Entre ellos, los más influyentes eran Marcos Victoria (que
por entonces había renunciado para hacerse cargo de la dirección
de la carrera de psicología de la UBA) y Francisco Romero (renombrado
filósofo, hermano del rector de la UBA, José Luis Romero).
A todo esto debe sumarse el hecho de que en noviembre de 1957 se había
completado el proceso de normalización de la Universidad, eligiéndose
autoridades por el voto de los tres claustros. El nuevo decano de la
Facultad, Abraham Rossenvaser, era un conocido historiador y antropólogo,
y se transformó en uno de los más entusiastas impulsores
del proyecto. En resumen, la iniciativa de crear la carrera de psicología
terminó siendo patrimonio de un sujeto colectivo muy heterogéneo,
que nucleaba a diversos actores que la reclamaron con insistencia desde
distintas posiciones y a partir de intereses diferentes.
Finalmente, la presentación de los proyectos de Calcagno y Monasterio
ante el Consejo Directivo -el 31 de marzo de 1958-, se dio en un marco
de gran presión estudiantil. Si bien se trató de dos presentaciones
separadas, no eran en realidad proyectos distintos, sino que ponían
el énfasis en aspectos complementarios de una misma idea global.
Calcagno comenzó explicando que
Desde las primeras reuniones, la Comisión convino en que, si bien las carreras del profesorado y del doctorado en psicología representaban el cumplimiento de las funciones específicas de la Facultad, era menester proyectar, conjuntamente, la carrera de psicólogo en diferentes ramas, para responder a las exigencias de la hora actual en las distintas actividades de nuestro país (Facultad de Humanidades y Cs. de la Ed., 1958: 18).
No obstante, casi cuarenta años después, la Dra. Monasterio plantea que el consenso en ese punto no había sido tan sencillo:
Había un predominio de lo pedagógico sobre lo psicológico, y no se concebía nada que no fuera un profesorado, porque la Facultad de Humanidades era una fábrica de profesores, no de licenciados para carreras aplicadas. Se formaban profesores para el secundario, y ésa era la mentalidad que había cuando llegué [...] El espíritu de la pedagogía era lo que predominaba claramente, siguiendo la tradición de la casa. Yo fui quien se rebeló en esa comisión (porque Ud. puede decir que yo siempre he sido una rebelde entrometida, que dice la verdad) [...] En cambio, la visión de Calcagno, de Ravagnan y de Garma era todavía la de un profesorado.
Más allá del voluntarismo y del fuerte carácter de Monasterio, es probable que el disenso haya sido superado en virtud de todos los factores que acabamos de enumerar, que operaron en favor de la creación de una carrera con salida profesional. Tan es así, que no sólo se presentó un proyecto de carrera mayor de psicología (con tres especialidades: en psicología clínica, laboral y educacional) sino que, además, se incluyeron tres carreras menores, que otorgarían el título de auxiliar en cada una de esas especialidades. Calcagno era particularmente optimista respecto de las posibilidades laborales de los futuros graduados:
Por mucho tiempo habrá una gran demanda de psicólogos, y será imposible cubrir todas las plazas ofrecidas en universidades, escuelas, colegios, clínicas, fábricas, talleres, etc. (Fac. de Humanidades y Cs. de la Ed., 1958: 19).
En cuanto
a la organización de los estudios, el plan de la carrera de psicología
se dividiría en dos ciclos: un primer ciclo de formación
básica (compuesto por quince materias agrupadas en tres años)
y un ciclo de especialización (con cinco asignaturas teórico-prácticas
diferentes para cada especialidad, que podrían cursarse en uno
o dos años). El plan del profesorado reemplazaba el ciclo de
especialización por una serie de diez materias que completaban
la formación científica, pedagógica y filosófica.
Tanto la carrera profesional como la docente podrían continuarse
a través del doctorado. Para ello era menester cursar cuatro
asignaturas complementarias, adscribirse durante un año a un
laboratorio o seminario y, finalmente, realizar una tesis. Calcagno,
consecuente con su formación, ponía el énfasis
en la carrera docente (más larga que la profesional) y en el
doctorado (ya que implicaba una especialización en la investigación
científica). Las carreras de auxiliares sólo se compondrían
de seis asignaturas: tres del ciclo básico y tres de la especialidad
respectiva.
El informe de Monasterio especificaba el de Calcagno, ahondando en cuestiones
teóricas. En su introducción, definía el objeto
de la psicología en términos lagachianos, como "el
estudio de la conducta y la personalidad". Las diferentes doctrinas
psicológicas no representaban otra cosa que "variaciones
metodológicas en su acceso al tema exclusivo". No obstante,
no podía superar la ambigüedad del estatuto científico
de la psicología:
La psicología es teoría de máxima dimensión epistemológica, y a la vez ciencia natural, susceptible de investigación experimental y tratamiento matemático [...] Hay una sola psicología, y ésta pertenece a las ciencias humanas, a las humanidades, porque su interés es el estudio y la explicación de la vida mental del hombre (Fac. de Humanidades y Cs. de la Ed., 1958: 21).
De todos
modos, dejaba en claro que, para ella, esas contradicciones teóricas
desaparecían con la práctica. Era "tan imperiosa"
la necesidad de la acción de los psicólogos que esas "discrepancias
de pensamiento" se disolverían favorablemente "en el
trabajo inmediato". Luego de hacer un recorrido por la historia
de la psicología en Europa, Estados Unidos y Argentina reivindicaba
la competencia exclusiva de la Universidad para la formación
de estos nuevos profesionales. Dentro de la Universidad, debía
ser la Facultad de Humanidades la encargada de la formación,
ya que era la única que podía brindar el abanico "de
disciplinas antropológicas, sociales, lingüísticas,
pedagógicas y filosóficas" que el acervo del psicólogo
requería. Por otra parte, la creación de la carrera le
parecía oportuna, ya que se detectaba una alta deserción
en las carreras humanísticas más tradicionales respecto
de las facultades con carreras técnicas. Así, la carrera
de psicología ofrecería una salida profesional atractiva
y ventajosa para los estudiantes de ambos sexos, que contribuiría
a nivelar el desequilibrio en las inscripciones y proporcionaría
a la Facultad "una faceta moderna y dinámica".
En cuanto al campo de actuación del psicólogo, resulta
muy ilustrativo el listado de incumbencias que se enunciaban para cada
especialidad, ya que presenta grandes diferencias con las funciones
que se propondrían poco tiempo después, según veremos
más adelante:
Para el psicólogo clínico: el diagnóstico psicológico (con o sin pruebas técnicas), la ejecución de tests proyectivos, el consejo psicohigiénico, y el tratamiento verbal de los conflictos de la personalidad (funcionales y reversibles) en cuanto colaborador del médico, como el radiólogo o el bioquímico.
Para el psicólogo laboral: los dictámenes de selección, la orientación y la formación profesionales, el asesoramiento en fábricas y empresas sobre el proceso obrero (su ritmo, fatiga, turnos, descansos), organización de equipos o cuadros, relaciones humanas en la industria, elevación del rendimiento por adecuación satisfactoria del hombre a la máquina, prevención de accidentes, descubrimiento de peligros y perjuicios, observación de las condiciones ambientales, proposición de soluciones.
Para el psicopedagogo: la ejecución racional de la moderna psicología comprensiva, basada en la consideración de la personalidad de cada escolar, distribuyendo los alumnos en grupos especiales, seleccionándolos con métodos diferenciales, y diagnosticando los sujetos raros o diferentes, para darles la enseñanza que su anormalidad o dificultad requieran (Fac. de Humanidades y Cs. de la Ed., 1958: 24).
Según
parece, la formación aplicada de Monasterio influyó en
la configuración de un perfil de tipo técnico, donde se
destacan -por lo taxativas- las limitaciones impuestas al psicólogo
clínico. Si bien podría ejercer la psicoterapia (definida
eufemísticamente como "tratamiento verbal de los conflictos
de la personalidad"), sólo podría hacerlo bajo la
supervisión del médico, por lo que su rol se vería
reducido al de un técnico auxiliar, como el del radiólogo
o el del bioquímico. No resulta del todo claro si era ése
el rol que verdaderamente preveían Monasterio y Calcagno o si
se trataba de una formación de compromiso para evitar la previsible
resistencia de la agremiación médica y posibilitar la
aprobación del proyecto en el Consejo Superior de la Universidad.
En cuanto al psicólogo laboral (especialidad preferida por Monasterio),
su campo de acción era muy similar al delineado por Watson en
Estados Unidos más de cuarenta años antes (Watson, 1913).
Sus funciones tendían a optimizar la relación costo-beneficio
de las fábricas y empresas, entre otras cosas, "por la adecuación
satisfactoria del hombre a la máquina". Respecto del psicopedagogo,
sus tareas no diferían mucho de las tradicionalmente desempeñadas
por los profesores de psicopedagogía y los asistentes educacionales.
Se contemplaba además la creación de al menos otras dos
especialidades (en psicología jurídica y criminalística,
y en psicología social), que jamás se llevaron a la práctica.
Luego de las presentaciones, el debate se centró en dos aspectos:
el problema presupuestario que implicaría la apertura de la carrera
(cuestión que fue rápidamente resuelta) y el tema del
doctorado. Según el proyecto, podría llegarse al doctorado
por dos vías distintas: al finalizar la carrera de psicología
o al terminar el profesorado. Calcagno había planteado desde
un principio que era importante que junto con la creación de
la carrera profesional se aprobara el profesorado, porque, de lo contrario,
"sería difícil defender en el Consejo Superior un
proyecto que parecería puramente técnico" (Fac. de
Humanidades y Cs. de la Ed., 1958: 17). Si bien las actas no reflejan
el debate, puede leerse entre líneas que en este punto residían
las mayores dificultades. Por un lado, era necesario tomar todos los
recaudos posibles para que el proyecto, que contaba con un amplio consenso
dentro de la Facultad, no naufragara en el Consejo Superior de la Universidad.
Pero por el otro, había un velado debate entre Calcagno (acompañado
por el establishment de la Facultad) y Monasterio, por el énfasis
que se pondría en la investigación y la docencia o en
el desempeño profesional. En las palabras de Monasterio:
Yo no me conformaba, y decía: "No, no, no, ¡qué va!. No vamos a estar aquí explicando para profesores teóricos que no saben nada y que repiten. ¡No vamos a enseñarles un programa para que enseñen un programa! Hagamos una carrera que sirva para una aplicación práctica".
Finalmente,
la creación de la carrera de psicología fue aprobada,
pero, pese a las aspiraciones de Monasterio, se privilegió el
profesorado, que sería la única vía de acceso al
doctorado, ya que "luego de un cambio de ideas, el Consejo Académico
resolvió suprimir el doctorado correspondiente a la carrera de
psicólogo" (Fac. de Humanidades y Cs. de la Ed., 1958: 25).
De este modo, los nuevos psicólogos se verían privados
de acceder al título máximo (probablemente para evitar
la segura oposición de los médicos, a quienes tradicionalmente
se les atribuía esa titulación, sin necesidad de estudios
adicionales) y sólo podrían obtenerlo los profesores,
con mayor formación humanística. El tema del doctorado
en psicología salía así del área de conflicto
profesional con la medicina, ya que pasaba a ser sólo una prolongación
académica de la carrera docente.
Los diarios locales (El Día y El Argentino) no le dieron gran
importancia a la aprobación de este proyecto; sin embargo, La
Nación de Buenos Aires le dedicó un par de columnas en
las que se reproducía textualmente la presentación de
Fernanda Monasterio, y se acotaba que la institución de la carrera
de psicología había sido solicitada "por el Centro
de Estudiantes de Humanidades y reiterada por estudiantes de distintas
carreras, que por nota se dirigieron al decano y al consejo directivo
de la Facultad".
Las semanas siguientes fueron de gran tensión por la presión
estudiantil, por lo que el 20 de mayo el Consejo Académico de
la Facultad decidió abrir una inscripción provisional
que descomprimiera la situación "hasta tanto se apruebe
definitivamente la carrera de psicología" (Fac. de Humanidades
y Cs. de la Ed., 1958: 84). El día anterior, la Comisión
de Enseñanza del Consejo Superior, luego de considerar el proyecto
(que incluía el plan de estudios), lo había elevado al
Consejo recomendando su aprobación. Finalmente, el 30 de mayo
de 1958 el Consejo Superior de la UNLP aprobó la creación
de la carrera y la del profesorado y doctorado. Esta vez, pese a que
la mayor parte de sus páginas estaba dedicada a los cuartos de
final del mundial de Suecia, el diario El Día sí reflejaba
la novedad:
Al tratarse sobre la creación de la carrera de psicología, se generalizó en el seno un prolongado debate en el que intervinieron la mayoría de los consejeros, quienes expresaron sus puntos de vista sobre esta carrera. Las opiniones en disidencia se fundamentaron principalmente en el aspecto presupuestario para poner en funcionamiento los mencionados estudios. Tras de escuchar la opinión de los consejeros, la misma fue aprobada.
Es probable que las concesiones realizadas en el proyecto original hayan prevenido una oposición abierta de los representantes de la Facultad de Medicina a partir de argumentos de tipo académico, pero no alcanzaron para impedir los resquemores de todas las facultades por tener que compartir el presupuesto de la Universidad con una "advenediza" (lo cual sería el sino de la carrera de allí en adelante). Restaba ahora organizar las asignaturas del primer año. Con ese fin, se contrató a los profesores Luis María Ravagnan (para dictar Introducción a la Psicología) y Marcelino Tavella (que cumplía funciones técnicas en la Dirección de Psicología Educacional) para el curso de Psicomatemática y Estadística. El elenco se completaba con Juan Cuatrecasas, en Antropología, y Eugenio Pucciarelli y Narciso Pousa en Introducción a la Filosofía. Además, el 17 de junio se contrató a la Dra. Monasterio con un cargo full-time para dictar la asignatura Biología Humana y continuar dirigiendo el Instituto de Psicología. Todo indicaba que Alfredo Calcagno, "padre espiritual de la carrera", había delegado en ella la función de comandar sus destinos. Dos días después, con gran asistencia de público (en el aula magna de lo que es hoy el Liceo Víctor Mercante), quedaba oficialmente inaugurada con una clase de Biología Humana, previas palabras alusivas de Alfredo Calcagno.
Los comienzos [Inicio de Página]
Las dificultades
edilicias y presupuestarias signaron los comienzos de la carrera. La
cantidad de alumnos sobrepasaba largamente las posibilidades de una
Facultad que, para colmo de males, no tenía ninguna experiencia
en la formación de profesionales. Las primeras cátedras
se iniciaron solamente con clases teóricas, ya que no había
fondos ni recursos humanos capacitados para el dictado de clases prácticas.
Lentamente se fueron implementando convenios con instituciones (como
el Hospital de Niños, la Casa Cuna, el Museo de Ciencias Naturales,
el Instituto Geográfico Militar, etc.) que permitieron completar
la formación. La primera promoción estaba compuesta por
465 alumnos, de los cuales sólo 128 eran hombres, por lo que
el número de mujeres era casi tres veces superior. La mayoría
eran maestras normales o bachilleres, pero había una gran proporción
de profesoras (de ciencias de la educación y de otras disciplinas)
e incluso algunos médicos.
La vida estudiantil estaba atravesada por las vicisitudes de la política.
El ascenso al poder de Frondizi, legitimado por el voto popular y el
apoyo del peronismo, había abierto perspectivas promisorias,
ya que él encarnaba las esperanzas de grandes sectores del progresismo
y la intelectualidad. Sin embargo, la luna de miel no duró mucho
tiempo: su política de privatizaciones y la firma de contratos
petroleros con compañías extranjeras defraudaron muy rápidamente
a sus seguidores. Pero el mayor desencanto para los estudiantes lo suscitó
la reglamentación del artículo 28 del decreto 3218/56,
por el cual se creaban las universidades privadas con derecho a expedir
títulos habilitantes. El debate, planteado en los términos
"laica o libre" (en referencia a la disyuntiva entre universidad
pública y universidad privada) se había iniciado en 1956,
con la confección del mencionado decreto de reforma universitaria
durante el gobierno de Aramburu. En ese momento, la oposición
a la creación de universidades privadas (que eran consideradas
como sinónimos de universidades católicas y conservadoras)
se plasmó en numerosas disputas (tanto en el Comedor Universitario
como en el Bosque, las facultades y los colegios de la Universidad),
en movilizaciones callejeras, piquetes de huelga y paro estudiantil.
Finalmente, el polémico artículo 28 quedó sin reglamentar
hasta 1958, cuando Frondizi se propuso terminar con la cuestión.
Nuevamente la resistencia estudiantil fue masiva a nivel nacional, realizándose
una multitudinaria movilización a la Plaza Congreso durante el
mes de septiembre. En La Plata, desembocó en una huelga de la
FULP, que contó incluso con la anuencia de grandes sectores del
claustro de profesores. De todos modos, la suerte estaba echada, y el
artículo 28 fue reglamentado. Este fracaso marcó el fin
de un corto período en que los estudiantes se sintieron verdaderos
copartícipes del gobierno de la UNLP. A partir de ese momento,
se hicieron manifiestos los límites existentes en una "democracia
vigilada" por el poder militar (con la iglesia como su aliada natural)
y lo que ello implicaba para la universidad pública.
En ese marco convulsionado, uno de los sucesos más salientes
para la carrera fue el concurso de la cátedra Psicología
General, cuyo titular interino era Ángel Garma. Su principal
contendiente, Fernanda Monasterio, se había ganado la simpatía
del alumnado, probablemente más por la vehemencia de su discurso
y por el entusiasmo militante con que había defendido la apertura
de la carrera que por los temas que dictaba en Biología Humana.
En las palabras de una alumna de la primera promoción:
Nos empezábamos a enterar de que no seríamos "hijos" sino "entenados" para el sistema. Tal vez por eso, esta extranjera pudo interpretar nuestras inquietudes y generar nuestro respeto (Delucca, 1994).
La joven
Monasterio (tenía entonces treinta y ocho años), que venía
de la España de Franco, encarnaba para ellos un modelo de resistencia
y desafío a la autoridad con el cual les resultaba muy fácil
identificarse. Si bien no había llegado a la Argentina por razones
políticas, sus alumnos no dejaban de atribuirle todo tipo de
militancias, y tenían la certeza de que estaban frente a una
verdadera exiliada republicana con un pasado de persecuciones a cuestas.
Por el contrario, Ángel Garma, que sí había huido
de España al final de la Guerra Civil, representaba para ellos
todo lo contrario. Más allá de sus pobres dotes de orador,
su lugar de co-fundador de la APA lo posicionaba como adalid de la ortodoxia
psicanalítica. Claramente no era ese psicoanálisis (visto
como neutral, descomprometido y elitista) el que contaba con el fervor
del estudiantado en un momento en que la política se constituía
cada vez más en el organizador privilegiado de los sentidos de
lo cotidiano. El desembarco de Garma en La Plata, ocurrido en 1957,
se inscribía probablemente en un intento más amplio de
inserción de la APA en las carreras universitarias. En pocos
años la política de la Asociación en ese respecto
se había modificado de manera notoria. El primer número
de 1955 de la Revista de Psicoanálisis (órgano de la APA),
incluía un artículo de Sigmund Freud, cuyo título
era por demás significativo: "Sobre la enseñanza
del psicoanálisis en la universidad". Durante 1956 y 1957
Garma y Rascovsky habían dictado un curso en la Facultad de medicina
de la UBA, con el auspicio del centro de estudiantes, llamado "Introducción
a una concepción psicosomática de la medicina". Esa
iniciativa fructificó con la creación de la revista Psyché
en la Universidad, en 1958. Dirigida por Garma y Rascovsky, nucleaba
a varios médicos jóvenes y estudiantes en un "Centro
Promotor de la Formación Psicológica en la Universidad"
(Balán, 1991). Sin embargo, la inserción lograda en la
Facultad de Medicina no dejaba de ser extracurricular y, por ende, marginal,
por lo que las recién creadas carreras de psicología aparecían
como un lugar promisorio y vacante, como una instancia universitaria
de legitimación y difusión que aún no había
sido hegemonizada por ninguna corriente teórica. Esa podría
ser una hipótesis de por qué Ángel Garma tuvo algún
interés en concursar una cátedra de Psicología
General en la ciudad de La Plata, siendo que en Buenos Aires tenía
un prestigio más que suficiente como para dedicarse sin sobresaltos
a su consultorio y a la formación de analistas.
El concurso se sustanció en el mes de agosto, con un jurado compuesto
por Marcos Victoria (Director de la carrera de psicología de
la UBA), Telma Reca (reconocida psiquiatra y profesora de Psicología
Evolutiva y Clínica de Niños en la carrera de psicología
de la UBA), Juan Cuatrecasas y el infaltable Alfredo Calcagno. Sólo
Garma y Monasterio pasaron el examen de los antecedentes, por lo que
debieron presentarse a una clase de oposición sobre el tema "integración
de la personalidad". Según Monasterio,
[Garma] quería Psicología General, pero para convertirla en Psicoanálisis. Quería tener esa cátedra para su curriculum, para la Asociación Psicoanalítica. Quería llevar el psicoanálisis a la universidad [...] No lo consiguió Freud, y tampoco lo consiguieron en esa época en La Plata. Yo quería dar Psicología General, pensando en Piéron, en Wundt y en Piaget, y no en Freud, Adler o Jung. Había que saber percepción, motricidad y cenestesias, y tener conocimientos de la maduración de la personalidad.
El dictamen del jurado fue muy detallado y esclarecedor. En primer lugar, destacaba las investigaciones de Monasterio en psicotecnia, psicofisiología y psicología general, mientras que señalaba que los trabajos de Garma sólo se habían orientado al psicoanálisis "que no corresponde a los contenidos ni a la finalidad de la cátedra en concurso [...] pues pertenece a otra materia de la carrera de psicólogo, que oportunamente deberá proveerse". Por último, a partir de la clase de oposición, el jurado decidió proponer a Monasterio por unanimidad:
La clase de la Doctora Monasterio fue una clase de psicología general, en la que analizó en forma equilibrada los diversos aspectos del tema propuesto, revelando gran capacidad didáctica y profundo conocimiento de la materia objeto del concurso. La clase del Doctor Garma se orientó decididamente hacia un estudio psicoanalítico de la personalidad, ajeno al curso de Psicología General, con una exposición complementaria de temas accesorios, omitiendo aspectos fundamentales del tema propuesto, como ser: las bases neurobiológicas, la distinción entre individuo y personalidad, los factores evolutivos en el desarrollo de la personalidad, etc. (Fac. de Humanidades y Cs. de la Ed., 1958: 154-155).
Era notoria
la afinidad que el jurado tenía con Monasterio: Calcagno, Cuatrecasas
y Victoria eran sus amigos personales, además de compartir su
concepción "naturalista" de la psicología (los
tres habían sido alumnos o seguidores de Christofredo Jakob).
Calcagno, además, la había mandado a traer especialmente
desde Bahía Blanca el año anterior, y la había
puesto al frente del Instituto de Psicología (donde aún
se conservaban algunos de los aparatos que él mismo había
diseñado treinta años antes), con la difícil misión
de mantener vigente la tradición experimental. Más allá
de estas circunstancias, el dictamen del jurado marcaba los límites
dentro de los cuales comenzaba a conceptualizarse la problemática
relación entre psicología y psicoanálisis. Este
"grupo fundador" de las carreras de psicología de Buenos
Aires y La Plata había incluido el psicoanálisis dentro
de los planes de estudios, pero sólo como un capítulo
más, que sin duda no dominaba ni mucho menos agotaba el panorama
de la disciplina. Si bien no conformaban un grupo homogéneo,
para todos ellos había que dar cuenta de los fundamentos de la
psicología y de sus "bases neurobiológicas",
cosa que de ninguna manera podía hacerse desde el psicoanálisis.
No parecían dispuestos a ceder terreno ante la marea psicoanalítica
que rápidamente entusiasmaba a los estudiantes y que, no obstante,
poco tiempo después forzaría el alejamiento de Marcos
Victoria de la dirección de la carrera de la UBA.
Dos días después del concurso, Garma, ostensiblemente
desairado, presentó la renuncia a su cargo de titular interino
en Psicología General, no aceptando continuar hasta finalizar
el curso. Ya nunca regresaría a la carrera de psicología
de la UNLP ni intentaría incorporarse a ninguna otra universidad.
Semanas más tarde, Calcagno partió a París para
hacerse cargo de sus nuevas funciones de "Embajador Extraordinario"
y "Ministro Plenipotenciario" ante la UNESCO. Tampoco volvería
a la Facultad, ya que sólo retornaría a La Plata pocos
meses antes de su muerte, en 1962. Dejaba a su elegida, Fernanda Monasterio,
sólidamente instalada para sucederlo.
La creación del Departamento de Psicología y las primeras disputas con la Facultad de Ciencias Médicas por la rama clínica [Inicio de Página]
En 1959,
luego del ingreso de la segunda promoción, la carrera de psicología
y el Instituto se desprendieron del Departamento de Ciencias de la Educación,
pasando a constituir un departamento autónomo. Naturalmente,
Fernanda Monasterio fue designada "jefe de departamento".
Dos temas fueron centrales durante esos años: la organización
de los cursos (que implicaba una dificultosa búsqueda de nuevos
profesores), y las disputas con el campo de la medicina.
En el mes de mayo de 1959 el consejero Ricardo Rodríguez, docente
de la Facultad de Ciencias Médicas, había iniciado un
expediente ante el Consejo Académico de esa casa de estudios
en el que solicitaba "la supresión de la rama clínica
del ciclo superior de la carrera de psicología", por considerar
que la práctica de la psicología clínica implicaba
un "ejercicio ilegal de la medicina" (UNLP, 1960). Formalmente,
se daba comienzo a un prolongado y espinoso debate, que a lo largo de
casi dos lustros pondría en cuestión tópicos diversos.
En clave hegeliana, se podría decir que este conflicto, de un
modo u otro, modelaría la identidad profesional de los primeros
alumnos y graduados, e incluso de sus profesores, que en su mayoría
también eran médicos. Por un lado, se cuestionaría
la formación impartida en la carrera de psicología en
virtud de incumbencias que los médicos reclamaban como exclusivas.
Por el otro, se discutiría la responsabilidad de la Universidad
en lo concerniente al desempeño de los profesionales a los que
otorgaba un título habilitante.
Durante el mes de octubre, el clima comenzó a recalentarse a
partir de la publicación, en varios diarios locales, de una carta
del Colegio de Médicos de la Provincia de Buenos Aires referida
a la "práctica de la hipnosis" y también al
ejercicio ilegal de la medicina que supuestamente fomentaba la carrera
de psicología. Algunos meses después, en febrero de 1960,
el Consejo Académico de la Facultad de Ciencias Médicas,
que había recibido la creación de la carrera con indiferencia
(ocupado con la férrea oposición estudiantil al régimen
de ingreso), hacía suyas las declaraciones del Colegio de Médicos,
manifestando su preocupación y rechazo por "la práctica
hipnótica realizada por personas no médicas u odontólogas"
(Facultad de Ciencias Médicas, 1960: 24-25). Solicitaba, además,
"la proscripción de aquella disciplina como espectáculo
teatral, radiofónico o televisado", y señalaba que,
"quienes la permiten y ejecutan atentan contra la psicohigiene
de la población", calificándolos de "insecrupulosos
y carentes de ética moral". La hipnosis, históricamente
vinculada con la sugestión y la psicoterapia, debía ser
una herramienta de la medicina, es decir, de la ciencia. Los futuros
psicólogos, en cambio, quedaban potencialmente del lado de los
curanderos o timadores, de "quienes se aprovechan de medios o técnicas
médicos para desmerecerlos con propósitos religiosos,
propagandísticos e impresionistas con el fin de ganar voluntades
para sus objetivos de lucro".
Pocos días después, la Facultad de Ciencias Médicas
elevaba el expediente iniciado por el consejero Rodríguez al
Consejo Superior. Se adjuntaban además los informes de varios
profesores, incluyendo el del ex-decano y titular de Psiquiatría,
Roberto Ciafardo (quien había reemplazado en esa cátedra
a Osvaldo Loudet). El argumento principal se basaba en lo que la vieja
Ley Nacional 12912, reglamentaria del ejercicio de la medicina, definía
como "ejercicio de las ciencias médicas":
El hecho de anunciar, prescribir, administrar o aplicar cualquier procedimiento directo, indirecto o de sugestión destinado al diagnóstico, pronóstico y tratamiento de las enfermedades o a la conservación de la salud de las personas [...] (UNLP, 1960).
A partir de ese texto, se juzgaba que tanto la acepción académica como el sentido corriente de la palabra "clínica" se referían al "arte de aplicar en la práctica los conocimientos de la ciencia médica para la investigación y curación de las enfermedades". Claramente, la patología era concebida como patrimonio exclusivo de la medicina, y cualquier psicólogo que realizara alguna de las actividades enunciadas estaría incurriendo en su ejercicio ilegal. Ante estas graves denuncias, la Facultad de Humanidades fue invitada a elevar su propio informe al respecto. El Departamento de Psicología se basó en los aportes de Pichon Rivière, Bermann, Thénon y Escardó, entre otros, para la redacción de ese informe (Monasterio, 1961). Para el mes de diciembre, las comisiones del Consejo Superior aún no lograban ponerse de acuerdo, produciendo dictámenes en disidencia. El dictamen en minoría de la Comisión de Enseñanza proponía zanjar la cuestión con un sutil cambio de nombres: en adelante, la rama clínica se llamaría "psicología auxiliar de la medicina" y el título de psicólogo clínico "psicólogo auxiliar del médico psiquiatra". El dictamen de la mayoría, favorable a la Facultad de Humanidades (en cuyo informe se basaba), aconsejaba acogerse a las resoluciones de la Tercera Conferencia Argentina de Asistencia Psiquiátrica, que había establecido que "en el estudio y tratamiento del enfermo mental hay que trabajar en equipo". Se aclaraba además que las actividades del psicólogo no se centraban en las enfermedades mentales, sino que comprendían una gama mucho más amplia de temas jurídicos, laborales, pedagógicos y sociológicos, donde también se cumplía con el trabajo en equipo. Asimismo planteaba que los "detalles" del ejercicio profesional escapaban a las atribuciones del Consejo Superior, aunque las facultades sí debían ocuparse, en todas las carreras, de "instruir en las reglas de la profesión y acendrar en el espíritu del futuro graduado las rectas normas de la ética social y profesional". Sin embargo, el informe de los docentes del Departamento de Psicología (que la comisión hacía propio), retrocedía considerablemente respecto de las funciones que Monasterio había previsto para el psicólogo clínico en 1958. Éste sólo se ocuparía de "formular sugerencias y recomendaciones para la adaptación del individuo". Quedaban excluidas "cuestiones tales como el diagnóstico y tratamiento de enfermedades, que son del dominio de la clínica psiquiátrica". Se planteaba, además, que "el psicólogo clínico no está en condiciones de tratar bajo su responsabilidad los denominados trastornos funcionales de la personalidad, tales como neurosis o psiconeurosis, ni de efectuar diagnósticos que correspondan al médico". Considerando que esas opiniones eran compartidas por "las más eminentes figuras de la medicina y psicología contemporáneas" (además de los profesores del Departamento de Psicología que habían rubricado el informe, que, a la sazón, eran todos médicos), la Comisión de Enseñanza aconsejó al Consejo Superior "declarar superadas las objeciones formuladas a los actuales estudios universitarios en las diversas ramas de la psicología".
La organización del Departamento de Psicología: los primeros profesores [Inicio de Página]
Tras la
consecución de un edificio propio y al compás de los conflictos
con la Facultad de ciencias Médicas, la carrera se organizaba
rápidamente. El Instituto fue reacondicionado utilizando parte
del material de los antiguos laboratorios experimentales de Psicopedagogía
y Biología del Sistema Nervioso, que habían estado a cargo
de Calcagno y Jakob, respectivamente, y que habían sido desmantelados
en 1950. Además, se compraron modernos aparatos de psicología
experimental en Bruselas y París, y material psicométrico
de fabricación nacional. Por su parte, la Academia de Ciencias
de Berlín donó una serie de películas científicas.
Una de las primeras investigaciones realizadas se refería a la
maduración de la personalidad, a través de un estudio
de casos que abordaba "rasgos somáticos, psicológicos,
psiquiátricos, sociales y biológicos de la constitución,
para establecer índices de correlación expresivos entre
las distintas funciones" (Monasterio, 1961: 8). En 1960 fue imposible
conseguir profesor para el dictado de la materia Psicología Experimental.
Para suplir en parte esa carencia, gracias a las gestiones de Calcagno
desde la UNESCO, a lo largo de tres meses el célebre psicólogo
español Emilio Mira y López dictó un cursillo sobre
"psicología de la expresión motriz", y dos ciclos
de conferencias sobre "los rumbos de la psicología actual"
y "la psicotecnia en orientación profesional".
También durante esa época comenzaron los primeros contactos
institucionales con las otras carreras del país. A lo largo del
año, los docentes y directivos de psicología mantuvieron
varias reuniones en la Universidad de Buenos Aires, donde se trataron
problemas relacionados con los alcances del título de psicólogo
y la relación entre psicólogos y médicos, arribándose
a la conclusión de que era conveniente crear un "Instituto
Universitario de Psicopatología y Psicoterapia", destinado
a la investigación y a la enseñanza de posgrado (UBA,
1959). Esto último llama la atención, si se consideran
las posiciones sostenidas por el Departamento de Psicología ante
la UNLP. Al menos pone en evidencia que respecto del tema de la psicoterapia
no había una posición del todo clara, por no decir que
se estaba produciendo un doble discurso que variaba dependiendo de si
el destinatario era el campo médico o el de los "psicólogos".
Por otra parte, a lo largo de 1960, en el CONICET (que ya había
cumplido tres años de vida, y parecía pretender jugar
un papel importante en el diseño de las políticas universitarias)
tuvieron lugar una serie de reuniones entre los directivos de la carreras
de psicología, presididas por el ingeniero Nicolás Babini.
Allí se discutió sobre la necesidad de unificar los planes
de estudios, pero también de economizar esfuerzos en el desarrollo
de programas de posgrado.
En tal sentido se propuso no repetir las especializaciones, dada la dificultad de lograr su implantación en montaje técnico y adquisición de personal experto, por lo que cada carrera de psicología tendería a intensificar un tipo de estudios y de investigaciones tras la licenciatura común. La polarización se basaría en tradiciones de la propia universidad, en los requerimientos del ambiente y en las personas disponibles para llevarla a cabo, quedando en principio señalada Córdoba para la psicología industrial, Buenos Aires para la psicología clínica y social, Rosario en psicometría, San Luis en psicopedagogía y La Plata como centro de investigaciones científicas de psicología experimental. El CONICET trataría de otorgar becas internas a los estudiantes para especializarse en una universidad determinada tras su formación en cualquiera de ellas (Monasterio, 1961: 7).
Éste
parece haber sido uno de los pocos intentos realizados en la historia
de las carreras de psicología de nuestro país por definir
perfiles profesionales diferenciales y planificar de manera coordinada
el desarrollo académico de la disciplina. No obstante, en el
caso de La Plata, más que en "los requerimientos del ambiente"
y en "las personas disponibles", la elección de la
especialización en "investigación científica
en psicología experimental" sólo parecía basarse
en la tradición de la casa y en la obstinación de Monasterio
por continuar en la línea trazada por Mercante y Calcagno. En
nada apoyaban su decisión la masiva inscripción de los
alumnos en el área clínica y la dificultad de conseguir
profesores para psicología experimental. Entre el ideal sostenido
por "la jefa del Departamento" y las condiciones existentes
para implementarlo se abría una brecha que seguiría ensanchándose
en los tiempos por venir.
El problema de la conformación de la planta docente aparecía
como crucial, si se considera que en un solo lustro se habían
creado en el país cinco carreras de psicología, y que
el grupo de "especialistas" formados en la disciplina era
muy reducido.
Podía haber alumnos suficientes, pero no se podían inventar los profesores [...]. Al principio, cuando se abrió la carrera, fue muy fácil armar el cuerpo docente para primer año, pero para el segundo ya fue muy difícil, porque ya estaban todos. La materia prima se había acabado: ya no había más exiliados ni emigrantes de lujo que quisieran ir a dar clase.
Durante
los años de la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra
Mundial y la posguerra, fueron numerosos los exiliados europeos (españoles,
alemanes, italianos, húngaros, etc.) que llegaron a nuestro país
y se insertaron en los medios académicos. Pero a comienzos de
los ´60, Europa ya había recuperado la estabilidad política
y económica, por lo que el flujo de inmigrantes había
cesado, e incluso había comenzado a cambiar de dirección.
En ese marco, los pocos profesores locales formados en psicología
(generalmente médicos) se transformaron en una especie transhumante.
Dada la cercanía entre Buenos Aires y La Plata, más de
la mitad de los primeros docentes de la carrera de la UNLP provenían
de la Capital y, muchas veces, dictaban clase en ambas universidades.
Era el caso de Gino Germani, Mauricio Knobel, Telma Reca, Carolina Tobar,
y Edgardo Rolla, entre muchos otros. Fernanda Monasterio era un caso
menos común: dictaba clase en los dos lugares, pero vivía
en La Plata. También se daban situaciones como la de los esposos
Butelman: mientras que Enrique, socio fundador de Paidós, era
director de la carrera de la UBA, Ida era titular de Psicometría
en la UNLP. De este modo, la comunicación entre las dos instituciones
no podía sino resultar muy fluida, ya que tenían en común
nada menos que una buena parte de su cuerpo docente. Así, más
adelante veremos cómo lo que sucedía en Buenos Aires funcionaba
como telón de fondo para los debates que tenían lugar
en el Consejo Superior de la UNLP, y a su vez, estos debates tenían
un impacto inmediato en el ámbito académico porteño.
Gradualmente, el plantel de profesores de la carrera se fue conformando
con una variedad muy grande de titulaciones y extracciones teóricas.
Si bien eran mayoría los médicos psiquiatras, sería
imposible hablar de un claro predominio, ya que los había psicoanalistas
(como Rolla y Knobel), reflexólogos (Itzigsohn y Lértora),
fenomenólogos (Ballbé) y de formación diversa (Colombo,
Fiasché, Pizarro, Reca, Tobar García, etc.). También
había filósofos (Ravagnan), sociólogos (Germani)
y psicotécnicos (Nuria Cortada). La cohesión que este
grupo no tenía a nivel académico fue cimentándose
a lo largo del conflicto profesional con la Facultad de Ciencias Médicas.
Se organizaron varias reuniones de claustro para considerar ese "ataque
externo" y ver la forma de darle respuesta. De pronto, un grupo
conformado por una mayoría de médicos se encontró
rivalizando con otro grupo de médicos, pero, además de
la pertenencia institucional, el lugar que cada uno otorgaba a la psicología
(y por consiguiente al futuro psicólogo) era lo que delimitaba
un adentro y un afuera. Así, Tobar García, Monasterio,
Ravagnan y Rolla presentaron un trabajo sobre "Formación
y función del psicólogo" en la IV Conferencia Argentina
de Asistencia Psiquiátrica, realizada en Buenos Aires en el mes
de octubre, cuya redacción estaba claramente dirigida a tranquilizar
a los médicos respecto de sus inquietudes por el desempeño
profesional de los psicólogos. Al mes siguiente, Monasterio,
Ravagnan, Novizki y Rolla presentaron otro trabajo sobre neurofármacos
en el II Congreso Argentino de Psiquiatría, realizado en Mar
del Plata. Las relaciones con sus pares no parecían haberse resentido,
pero el lugar desde el cual enunciaban sus discursos comenzaba a diferenciarse
cada vez más.
A pesar de sus graves limitaciones, la carrera de psicología
de la UNLP daba sus primeros pasos. Con grandes contradicciones, se
evidenciaba de un modo bastante dinámico una inusual voluntad
de vincularse con el medio académico nacional e internacional,
además de buscar una lógica inserción en los ámbitos
profesionales. Mientras tanto, muchos de los alumnos, que ya completaban
su tercer año de estudios, aguardaban expectantes el desenlace
del conflicto para poder iniciar la "rama clínica".
El debate en el Consejo Superior de la UNLP por el "ejercicio ilegal de la medicina" y el nuevo plan de estudios [Inicio de Página]
Si bien
la situación se había distendido un tanto a raíz
de una invitación del Departamento de Psicología a las
autoridades de la Facultad de Ciencias Médicas para conocer las
instalaciones y el funcionamiento de la carrera (a la cual accedieron
con mucho interés su decano García Olivera y el ya célebre
"consejero Rodríguez"), la inminencia del debate en
el cuerpo máximo de la UNLP había reabierto las heridas.
Además, un artículo de Marcos Victoria publicado el día
anterior en el diario La Razón (titulado "El psicólogo
contra el médico"), cargaba las tintas contra una "resolución
inconsulta de la Universidad de La Plata; destinada a facilitar el ejercicio
de la profesión a futuros psicólogos que egresen de sus
aulas, los autoriza a ejercer la psicoterapia por medios verbales".
Aunque esa resolución jamás hubiera existido fuera de
la imaginación de Victoria, estaban dadas las condiciones para
que la sesión del 21 de diciembre de 1960 fuera una de las más
ríspidas y prolongadas de ese período.
Claramente, el fantasma del psicoanálisis que ganaba cada vez
más adeptos en Buenos Aires y se hacía fuerte en la carrera
de la UBA, preocupaba a la corporación médica, que consideraba
a toda forma de psicoterapia como una prerrogativa exclusiva. El espacio
del consultorio, característico de esa profesión liberal,
amenazaba con ser invadido (o al menos disputado) por los jóvenes
psicólogos. Ante ese peligro, el campo académico y el
campo profesional de la medicina habían estrechado filas, actuando
de consuno.
En realidad, lo que nos ha ocurrido es que estamos asustados. Y estamos asustados, no por lo que vemos en esta Universidad -porque, evidentemente el problema está encarado con seriedad y espíritu científico---, sino por lo que vemos en el resto del país [...] El estudiante está bien controlado y orientado mientras es estudiante, pero deja de estar controlado cuando obtiene su título.
Lo que se ha planteado en esta oportunidad es una atinada observación del consejero Rodríguez, que se la ha dictado la observación de lo que ocurre en Buenos Aires (que no es de ocultamiento para nadie, puesto que ya se ven chapas privadas con inscripciones relativas a la profesión de psicólogo, y algunas hasta ostentan la palabra "diagnóstico").
Resulta evidente que lo que supuestamente ocurría en Buenos Aires tenía mucho de fantasma, ya que a fines de 1960 no había aún egresados de la carrera de psicología de la UBA, de modo que la acción de los representantes de Medicina era de un carácter más bien preventivo. El problema de las incumbencias profesionales remitía directamente a la cuestión de la formación académica, por lo que la única manera de evitar que los futuros psicólogos incursionaran en áreas no deseadas era suprimir las asignaturas conflictivas de su plan de estudios. En ese sentido, se cuestionaban las materias vinculadas al psicodiagnóstico, la psicoterapia y la psicopatología. No obstante, más allá de la vehemencia de las presentaciones (en las que se llegó a hablar de "golpe de estado dentro de la Universidad", "intimidación" y "delito"), las posiciones no eran tan dispares. Ambos bandos, en ese momento, compartían la opinión de que el psicólogo debía trabajar en equipo bajo la responsabilidad de un médico, aunque diferían en el estatuto del psicólogo: para unos debía ser sólo un "auxiliar", y para los otros un "colaborador". También acordaban en que el psicólogo sólo debía ocuparse de la "normalidad", quedando las patologías en manos de los médicos. Por último, había coincidencia en que el psicoanálisis tenía que permanecer fuera del ámbito del ejercicio profesional de la psicología. En este respecto, llama la atención la posición del delegado estudiantil de la Facultad de Humanidades, que era alumno de la carrera:
Nuestra posición no es psicoanalítica. Bien saben los compañeros de la carrera de psicología que están presentes en esta sesión, que no sólo no tenemos una dirección psicoanalítica, sino que hasta estamos contra los supuestos universales de la teoría de Freud, siendo el psicoanálisis un engendro de la medicina con el cual la psicología no tiene nada que ver [...]. Asimismo, estamos contra esa otra serie de métodos terapéuticos, sea psicoanálisis o sea lo que sea.
Esta posición
de rotundo rechazo del psicoanálisis y las psicoterapias por
parte del delegado estudiantil contrastaba diametralmente con el clima
que entonces se vivía en la UBA y con el que se viviría
en La Plata muy poco tiempo después. Quizás se haya debido
a una sobreactuación necesaria para obtener una votación
favorable ante esa cuestión estratégica. De todos modos,
coincidía con la definición de la carrera en términos
estrictamente científicos y experimentales, muy alejados de la
clínica, que los docentes del Departamento (con Monasterio a
la cabeza) habían planteado a través de su informe.
Las diferencias se centraban en torno al problema del "ejercicio
ilegal de la medicina", pero la mayoría de los consejeros
acordó que no era ése un tema de incumbencia de la Universidad,
ya que era el Estado el que debía reglamentar el ejercicio profesional.
Por otra parte, los representantes de Humanidades alegaron que no podía
juzgarse a una nueva profesión sobre la base de una vieja legislación
que correspondía a otra profesión. Por consiguiente, en
el futuro iba a ser necesario reglamentar el ejercicio de la psicología
de manera específica y en el ámbito correspondiente. Quedaba
pendiente todavía el tratamiento del nuevo plan de estudios de
la carrera, que se había pospuesto a raíz de la disputa.
Dicho plan jerarquizaba el ciclo superior, desdoblándolo en dos
años (agregando una nueva materia en el cuarto año). Finalmente
fue aprobado, junto al dictamen de la mayoría de la Comisión
de Enseñanza (que se mencionara más arriba). La función
del psicólogo clínico quedaba definida entonces, basándose
en los estatutos de la American Psychological Association, en los siguientes
términos:
Realizar el examen psicológico con técnicas científicas, interpretar los datos que proporcionan dichos instrumentos, establecer el dictamen psicológico que surge de los mismos y entregárselos al médico para que éste formule el diagnóstico e indique las medidas terapéuticas correspondientes (Monasterio, Ravagnan, Rolla y Tobar,1961: 261).
El primer capítulo de esta larga disputa aparentemente se cerraba con un saldo favorable para la carrera de psicología: no sólo se conservaba la rama clínica, sino que además se había logrado la aprobación de un nuevo plan de estudios que jerarquizaba la formación superior. El precio pagado para lograr este consenso implicó un recorte de las incumbencias del psicólogo clínico, que supuestamente debía dejar de lado la psicoterapia y el diagnóstico. De todos modos, este recorte no parecía un precio demasiado alto, ya que, por un lado, la "clinicización" de la formación y el avance del psicoanálisis parecían ser algo tan poco deseado por los docentes de Medicina como por los docentes que dirigían la carrera de psicología. Por el otro, se trataba de una mera declaración de principios que no tendría en los hechos ningún efecto, porque no se había alterado el contenido del plan de estudios, y la cuestión del ejercicio profesional tendría que dirimirse en otra oportunidad.
Las vinculaciones nacionales e internacionales: el VIII Congreso Interamericano de Psicología [Inicio de Página]
Durante 1961 y 1962 el Departamento de Psicología tuvo una agresiva política de difusión (en el ámbito local) y de asistencia a eventos académicos nacionales e internacionales. Con la participación de profesores y alumnos comenzó a emitirse en Radio Universidad, con una frecuencia semanal, un programa enteramente dedicado a la psicología. También se concedieron entrevistas a diversas publicaciones de la Universidad. En Crónica Universitaria, apareció una nota sobre el Departamento de Psicología, donde se describían el plan de estudios y los objetivos de la carrera, además de mostrarse fotos de los distintos aparatos electrónicos utilizados para la investigación. En Humanidades, la revista de la Facultad, se publicó un artículo de carácter explicativo, titulado "Fundamentos y fines de la carrera de psicología", junto con el trabajo ya mencionado de Monasterio, Ravagnan, Rolla y Tobar García. Era notoria la voluntad de legitimar teóricamente la formación de los psicólogos al menos en tres planos. En primer lugar, dentro de la Facultad, donde el ingreso de una gran masa de estudiantes había implicado una situación difícil de procesar para una institución acostumbrada a tener pocos alumnos y en carreras de una larga tradición. En segundo lugar, frente a la corporación de los médicos, cuyos ataques respondían muchas veces al desconocimiento liso y llano de qué era en verdad un psicólogo. Por último, ante la comunidad en general, cuya imagen de la psicología respondía en gran parte a los estereotipos y a los preconceptos forjados por los medios de comunicación. Este último aspecto era particularmente importante, ya que faltaban escasos meses para que los primeros egresados de la carrera tuvieran que estrenar sus títulos en un mercado laboral que poco sabía de ellos y del cual ellos sabían muy poco. En ese sentido, se hacía necesario estrechar los vínculos con instituciones que posibilitaran la realización de verdaderas prácticas, y que a la vez difundieran las ventajas de contar con esos nuevos profesionales. Según Monasterio,
Entonces hubo que hacer convenios concertados con el hospital clínico, con la puericultura, con la Facultad de Medicina, con empresas. Hay que ver que primero iba yo, pedía permiso y daba las gracias [...] Para Psicología Industrial hemos ido hasta Rosario, e incluso, por toda la provincia de Buenos Aires. [...] Nos recibían muy bien, los alumnos iban encantados, en dos coches. Así aparecíamos como doce o trece, a ver lo que sea: el alto horno, el tren de laminación, las condiciones de los obreros o los sistemas de higiene del trabajo. Todo eso era nuevo para la Facultad de Humanidades, que nunca había tenido prácticas externas incorporadas al curriculum.
Durante 1961 también se realizaron algunas reuniones entre los directivos de las carreras de psicología del país, en las que Monasterio continuó sosteniendo la posición de que en la Argentina la carrera de la UNLP fuera el centro "dedicado con preferencia a la investigación en psicología pura y experimental" (Monasterio, 1962). También era común que asistieran profesores de la casa a congresos nacionales e internacionales, con la particularidad de que, en muchos casos, lo hacían "en representación de la carrera", debiendo discutir previamente las posiciones a sostener en esos eventos. Así, en 1961, Mauricio Knobel (titular de Psicología Diferencial), concurrió al III Congreso Mundial de Psiquiatría, realizado en Montreal; Adolfo Lértora (titular de Psicopatología General), participó en el VI Congreso de Salud Mental, realizado en París; Ronaldo Ucha (adjunto de Neurobiología), fue a Lima, al V Congreso Panamericano de Endocrinología, y por último, Fernanda Monasterio asistió al VII Congreso Interamericano de Psicología, que tuvo lugar en México. Allí presentó un trabajo titulado "El concepto de la madurez humana en el análisis de la psicología experimental", que se basaba en las investigaciones que, con la colaboración de algunas alumnas, venía llevando a cabo en el Instituto desde el año anterior. Se trataba de un análisis experimental de "rasgos psicofisiológicos, psicosociales, auxológicos e intelectivos de la personalidad adolescente y juvenil", realizado con una amplia muestra de estudiantes secundarios.
La acogida y el gran interés despertado, especialmente en los expertos de Estados Unidos y de México, provocó, además de distinciones circunstanciales a quien presentó el trabajo, el nombramiento por votación de Secretario Ejecutivo de la SIP [Sociedad Interamericana de Psicología] para América del Sur, y la concesión del VIII Congreso Interamericano de Psicología a la Universidad Nacional de La Plata (Monasterio, 1962).
Monasterio
parecía encontrar entre sus pares extranjeros la comprensión
y el reconocimiento que comenzaban a faltarle en La Plata. Con los lauros
obtenidos, continuó su periplo por una serie de universidades
norteamericanas, incluyendo a Harvard, Columbia y Loyola, cuyo Department
of Psychology estaba a cargo de un médico Argentino, Horacio
Rimoldi, desde 1955.
Por problemas de infraestructura turística, el VIII Congreso
Interamericano de Psicología terminó realizándose
en el Hotel Provincial de Mar del Plata, en abril de 1963. El comité
ejecutivo estaba integrado por Fernanda Monasterio, como presidente,
Mauricio Knobel era el vicepresidente, Edgardo Rolla el secretario general
y Luis Ravagnan el co-secretario. A su vez, el consejo asesor estaba
presidido por Telma Reca, siendo Plácido Horas el vicepresidente,
y los vocales, Juan Dalma y Ricardo Moreno, de Tucumán; Oscar
Oñativia, de Salta; Raúl Piérola, de Córdoba;
Jaime Bernstein, de Rosario; Florencio Escardó, Enrique Butelman,
Nuria Cortada y Enrique Pichon Rivière, de Buenos Aires. Con
algunas modificaciones, se trataba del "elenco estable" que
ya en 1954 había peticionado por la apertura de las carreras,
que había intervenido en su creación, y que desde 1959
venía reuniéndose de manera periódica para planificar
sus destinos. La novedad era la inclusión de los psicoanalistas
en un lugar central y, en particular, la de Pichon Rivière, que
formalmente estaba al margen de la psicología universitaria.
La organización del congreso en otra ciudad implicó grandes
esfuerzos para el pequeño Departamento de Psicología,
por lo que fue necesaria la colaboración voluntaria de los estudiantes,
quienes participaron muy activamente. Se enviaron miles de invitaciones
a instituciones de todo el país y del resto de América.
Finalmente, asistieron más de cuatrocientos delegados, de los
cuales una buena parte eran extranjeros, sobre todo de Estados Unidos
y Brasil. Si bien los medios estaban monopolizados por la última
escaramuza entre "azules y colorados", todas las mañanas
el diario La Capital no dejaba de dedicarle al evento una reseña
en lugar destacado. El programa se estructuró en torno a cuatro
ejes: la orientación profesional, la psicología fisiológica,
el equipo psicoterapéutico y, como tema central, la formación
y el ejercicio profesional del psicólogo. En horas de la tarde
se celebraron conferencias y mesas redondas relacionadas con temas diversos,
como investigaciones transculturales, psicoterapia y psicoanálisis,
psicología educacional, psicología del desarrollo, psicología
general y experimental, etc. (Reca, 1963). Se destacó, por su
éxito de público, una mesa redonda sobre "Aplicación
del psicoanálisis a la psicología contemporánea",
coordinada por León Grinberg, con la participación de
José Bleger, Fernando Ulloa, León Ostrov, Edgardo Rolla,
Mauricio Knobel, Horacio Etchegoyen y Eduardo Toper.
Según el relato de Fernanda Monasterio:
De los americanos vino Harold Anderson, de Chicago, que era uno de los mejores en psicología del niño. Vinieron a Mar del Plata personas de Canadá, de Nueva York, de Boston, de la Universidad de Harvard. Vinieron los sudamericanos, de Río de Janeiro, de Santos, de Perú, de Chile [...] Hubo peleas entre distintas facciones. Los grupos más conservadores de la psicología evolutiva contra los psicoanalistas. Ya hubo allí fricciones muy grandes. Hubo discusiones enormes pero trascendentes.
En cierta forma, esas facciones en disputa reflejaban un debate que, de manera menos notoria y más gradual, también estaba empezando a darse en el seno de la carrera. El Congreso se cerró, al cabo de cinco días, con un discurso de Monasterio, en el que agradeció la masiva presencia de la juventud en las distintas deliberaciones.
La entrada del psicoanálisis [Inicio de Página]
A lo largo de esos años, se había dado entre los alumnos de las primeras promociones y sus profesores una relación muy particular. Los "combates" por la carrera habían forjado una identidad que los aunaba como "compañeros de lucha". Se generó un trato casi familiar, al punto de que periódicamente se organizaban reuniones en Buenos Aires, en las casas de los profesores (Cuatrecasas, Knobel, Fiasché, etc.), donde se cenaba y se charlaba de temas culturales o políticos (Ferreiroa, 1997). La Capital parecía estar cada vez más cerca, y también por esa vía, contra todas las previsiones, el psicoanálisis había entrado finalmente en la carrera. Se hacían frecuentes los viajes nocturnos para hacer cursos con Pichón Rivière, Rolla, o el mismo Garma, que complementaban la formación obtenida en las materias del plan de estudios. La APA había dejado de ser, al menos por un tiempo, una mala palabra. La Psicología de la Conducta, de Bleger, se había transformado en libro de referencia obligada. Muchos de los alumnos habían comenzado su análisis personal, generalmente con Emilio Dupetit (adjunto de Psicología Profunda), con su esposa, Angélica de Dupetit, Edgardo Rolla o Marie Langer. Incluso algunos, aquejados por los altos honorarios del tratamiento individual, accedieron a la terapia de grupo y al psicodrama con el grupo de Eduardo Pavlovsky (quien ya había dado una serie de conferencias en La Plata). Hacia el final de la carrera, la mayoría de las materias aplicadas del área clínica remitían, de un modo u otro, a las categorías del psicoanálisis. Según otra alumna de la primera promoción,
No me caben dudas de que ya, por entonces, la propuesta del psicoanálisis era la más rica, sistematizada y coherente. La que nos aportó un conocimiento o una interrogación nueva sobre el ser humano. Pero, a diferencia de lo que puede pasar hoy, era una propuesta no alienada, que incluía otros atravesamientos. Teoría de los grupos, teoría de la comunicación, aportes de la filosofía existencial, y hasta el estudio del funcionamiento neuroendócrino y los efectos de los psicofármacos (Delucca, 1994).
En el heterogéneo
mosaico de saberes que habían intervenido en la formación
de los estudiantes, el paradigma experimental que regía las asignaturas
del ciclo básico había dado paso rápidamente a
una síntesis ecléctica -de la que el psicoanálisis
parecía ser la matriz- donde intervenían la fenomenología
(sobre todo Merleau-Ponty), el existencialismo (Sartre y Binswanger)
y la reflexología, pero también la psicología en
lengua francesa (Piéron, Wallon, Lagache y, por supuesto, Piaget).
Monasterio diría, décadas más tarde:
La gente de La Plata no era psicoanalítica, ni sabía nada del tema hasta que llegaron algunos profesores como Knobel y Rolla -que eran psicoanalistas, pero no fueron a explicar psicoanálisis, porque Rolla fue a explicar neurobiología--. Yo le dije "aquí no metas psicoanálisis, sino el cerebelo y el bulbo raquídeo". "Allí tienes los preparados de la época de Christofredo Jakob".
Pero Rolla, neurocirujano formado con Carrillo, que supuestamente había llegado "para explicar neurobiología", en Estados Unidos también se había encontrado con el psicoanálisis, y terminó dictando además Psicología Profunda, mientras escribía su libro Psicoterapia individual y grupal, que en 1962 sería publicado por Paidós. Se ensanchaba la vía para que los alumnos, interesados por el psicoanálisis y los grupos, hicieran sus cursos (o los de Pichon Rivière) en Buenos Aires. Cada vez más, los estudiantes reclamaban que esta formación extracurricular, tan prestigiada en la cultura, tuviera un lugar acorde en la carrera. Los nuevos alumnos que iban ingresando, menos comprometidos que los primeros con las "batallas fundacionales", no tenían por Monasterio -ni por su línea teórica- la admiración y el respeto que en cierta medida había inspirado en aquéllos. Muerto Calcagno, que aún desde París intervenía activamente en la selección de nuevos profesores, y electo un nuevo decano en reemplazo de Rossenvaser, la doctora española había perdido a sus mayores aliados, y no tenía muchos recursos para seguir sosteniendo una tradición experimental cuya hegemonía parecía cada vez más inviable. No pasó mucho tiempo hasta que, extrañamente, a principios de 1964 llegó al Consejo Académico de la Facultad la propuesta de que Monasterio fuera elevada a la categoría de "Profesora Extraordinaria" (distinción que muy pocos docentes de la casa habían obtenido en el pasado). Como era de esperar, la moción fue rechazada por una abrumadora mayoría de ocho votos en contra, dos abstenciones y sólo dos votos a favor. Casi inmediatamente, Monasterio renunció a su cargo como jefe del Departamento y directora del Instituto, y se mudó a Buenos Aires. Seguiría dictando su cátedra hasta 1966 y luego regresaría a España. En su lugar, en marzo de 1964 se designó a Luis María Ravagnan, cuya trayectoria intelectual ya hemos descripto más arriba.
La Revista de Psicología de la Universidad Nacional de La Plata [Inicio de Página]
Ravagnan estuvo al frente del Departamento por poco más de un año, período durante el cual su logro más importante fue la creación de la Revista de Psicología. Probablemente, su carácter de "letrado" y asiduo colaborador de diversas publicaciones lo impulsó a llevar adelante esta iniciativa que había sido concebida por Monasterio antes de retirarse. La revista tuvo la particularidad de haber sido la primera en el país producida enteramente por una carrera de psicología. De alguna manera, el "liderazgo" que había implicado la organización del Congreso Interamericano se prolongaba ahora con la aparición de esa publicación, que tendría cierta periodicidad hasta 1967, con la edición de cinco números. Ravagnan, que naturalmente fue su director, en su presentación hablaba de una apertura "a todas las trayectorias en las que esté comprometido el hombre".
Las páginas que siguen quieren reflejar el acervo conceptual y experimental que late en las exploraciones psicológicas de nuestro tiempo, afirmando la evidencia de la estructura biopsicosocial del ser humano y sus proyecciones en la conducta, sin posponer o ignorar cualquier consideración, que vinculada al orden vital, pueda favorecer la incursión por la problemática actual y constituir la incitación a ulteriores investigaciones (Ravagnan, 1964).
Un estudio
reciente indica que en los primeros números (hasta 1967) los
temas de los artículos se distribuían de manera equilibrada
entre las áreas "salud, tratamiento de la salud mental y
prevención", "psicología diferencial",
"psicología general" y "psicología experimental
humana", habiendo cinco trabajos en cada uno de esos rubros. Por
otra parte, aparecieron cuatro artículos en el área "psicología
de la personalidad". Es interesante destacar que, en los últimos
números, disminuyó considerablemente la cantidad de trabajos
sobre psicología general y psicología experimental (sólo
uno), aumentando en cambio la cantidad de trabajos sobre "salud,
tratamiento de la salud mental y prevención" y "psicología
diferencial". Hasta 1967, los autores más productivos habían
sido Mauricio Knobel (que en junio de 1965 reemplazaría a Ravagnan
al frente del Instituto), Sara M. de Torres (titular de Psicología
Experimental y "heredera" de Monasterio), Juan Cuatrecasas,
Juan Carlos Pizarro, titular de Psicodiagnóstico, y el mismo
Ravagnan (Andreatta et al., 1998).
Un somero repaso de algunos artículos del número inicial
puede darnos una pauta del nuevo clima intelectual que se vivía
en la carrera en ese momento. El primero, de Raúl Ballbé
(profesor de Psicología Médica), sobre el sentido de la
culpa, lo explicaba en clave analítica-existencial, reflexionando
en torno a la libertad, el destino y la existencia, citando a autores
como Binswanger, Marcel, Gide y Nietzsche (Ballbé, 1964). Un
trabajo de Mauricio Knobel, sobre el desarrollo y la maduración
en psicología evolutiva, trataba de dar cuenta de ellos a partir
de los estadios de Piaget, los niveles de integración utilizados
por Bleger, la maduración de los instintos teorizada por Freud
y la personalidad, definida por Allport como "máxima integración"
(Knobel, 1964). Otro artículo, de Edgardo Rolla, se refería
a los grupos operativos en la enseñanza, exponiendo las bondades
de la utilización de la metodología pichoniana, que él
no sólo había adoptado para los trabajos prácticos
de la asignatura a su cargo (Psicología Profunda), sino también
para las reuniones de cátedra (Rolla, 1964). Por último,
un trabajo de Jaime Szpilka, titular de Psicología Diferencial,
sobre "la necesidad de una psicología de la personalidad",
planteaba para la disciplina una curiosa línea de desarrollo
que iba de la psicología general hasta la psicología de
la personalidad, pasando por la psicología diferencial. Cada
uno de esos momentos implicaba para él "un progresivo pasaje
hacia una consideración del ser humano en la cual sus componentes
singulares fueran más acentuados que sus componentes generales".
Transitaba así por la psicología experimental, la teoría
de la Gestalt y la fenomenología, desembocando en el psicoanálisis
freudiano, al cual defendía de las críticas de los científicos
puristas y las corrientes existenciales (Szpilka, 1964).
En agosto de 1965, el médico Juan Carlos Pizarro sucedió
a Ravagnan, que se había jubilado, al frente del Departamento
y la revista. En los años ´40, Pizarro había iniciado
su análisis didáctico en la APA con Arnaldo Rascovsky,
y controlaba con Ángel Garma. Luego de suspender su tratamiento
con Rascovsky, se vio obligado a abandonar el Instituto. Sin embargo,
continuó analizándose con Marie Langer, quien lo aceptó
como paciente. Luego de abandonar también ese tratamiento, inició
un último análisis con Emilio Rodrigué. Prosiguió
su carrera como psicoterapeuta fuera de la APA. Llegó a ser jefe
de psiquiatría en el Hospital de Niños de Buenos Aires
y participó en la redacción de la Ley Penitenciaria Nacional,
gracias a un cargo jerárquico que obtuvo por concurso en la Dirección
de Institutos Penales (Balán, 1991). Luego se especializó
en Rorschach y así llegó a ser titular de Psicodiagnóstico
en la carrera de psicología, donde se ganó el respeto
de la mayoría de los alumnos, que lo consideraban un excelente
profesor. Con Mauricio Knobel al frente del Instituto, Pizarro seguiría
como jefe de Departamento hasta la intervención de 1973. Era
evidente que los tiempos habían cambiado.
Los primeros egresados y el problema del ejercicio profesional [Inicio de Página]
El 30 de
noviembre de 1962 se habían recibido las tres primeras alumnas
de la carrera. Para el mes de diciembre, esa cifra se elevaría
a trece egresados, de los cuales nueve pertenecían a la rama
clínica, y sólo uno era hombre. Pese a los esfuerzos de
Monasterio por impulsar las ramas laboral y pedagógica, entre
ambas nunca llegaron siquiera a sumar la mitad de los alumnos de la
rama clínica. No obstante, muchos de los primeros graduados consiguieron
sus primeros trabajos en empresas (realizando tareas vinculadas con
la selección de personal) y escuelas (en los gabinetes psicopedagógicos,
que en los colegios de la Universidad se habían creado en 1962).
El tan mentado trabajo en equipo se daba en algunos hospitales, donde
"las psicólogas" lentamente iban ganando un espacio
reconocido, sobre todo en las labores diagnósticas y en la clínica
de niños, cuyo tratamiento parecía no ser tan apreciado
por los médicos, quienes derivaban gustosamente muchos de sus
pacientes infantiles. El Estado Provincial se constituía en el
principal empleador, incorporando a estos nuevos profesionales en sus
distintas reparticiones. En tal sentido, la Dirección de Psicología
Educacional, que no tenía mayores relaciones con la Facultad,
nucleaba a gran parte de los egresados. Allí también se
trabajaba en equipo con médicos (en muchos casos psiquiatras
con formación psicoanalítica), asistentes sociales y fonoaudiólogos.
Además de las tareas inherentes a la orientación vocacional
y la orientación de padres (que se realizaba en grupos), el tratamiento
de los niños-problema a través de las denominadas "clínicas
de conducta" brindaba otra oportunidad para el ejercicio de la
psicoterapia. La inserción como auxiliares docentes en las cátedras
de la carrera o del ISEDED (Instituto Superior de Especialización
Docente para la Enseñanza Diferenciada) era otra alternativa
corriente, que no excluía las anteriores.
Paradójicamente, el Estado aún no había resuelto
el problema de la reglamentación del ejercicio profesional del
psicólogo. Luego del debate que tuvo lugar en el Consejo Superior
de la UNLP en 1960, esa cuestión había quedado pendiente.
En agosto de 1961, el Departamento de Psicología elevó
a la UNLP un breve anteproyecto de ley en ese respecto, con el fin de
contar con un instrumento legal que respaldara el título que
por primera vez iba a expedirse pocos meses después. Ese anteproyecto
contemplaba la creación de un Consejo Profesional de Psicología,
órgano de control que estaría integrado por dos representantes
del Poder Ejecutivo de la Provincia, dos representantes de la UNLP y
dos representantes de los graduados. El ejercicio de la psicología
se definía básicamente como "la investigación
de la personalidad y su dictamen psicológico; realización,
emisión, evacuación o formulación de estudios de
la conducta de los individuos o grupos humanos" (Departamento de
Psicología, 1967: 11-14).
Recién en mayo de 1963, la Comisión de Enseñanza
del Consejo Superior se expedía sobre el particular, agregando
que "el psicólogo podrá trabajar en forma independiente
o bien en colaboración". En cuanto al psicólogo clínico,
afirmaba que "debe formar parte del equipo que actúa en
las clínicas de conducta y en los servicios de medicina general,
cirugía, psiquiatría, ginecología, endocrinología,
y en otras ramas de la patología y de las ciencias criminológicas".
El psicólogo ya no sólo podría trabajar sin supervisión
médica en ciertos casos, sino que, dentro de un equipo, debería
avanzar sobre el campo de la patología, que hasta ese entonces
le había estado vedado de manera taxativa. Ante semejante amenaza,
dos meses más tarde, la Facultad de Ciencias Médicas elevó
su propio anteproyecto, que en sus considerandos expresaba:
Que no es posible admitir la acción independiente del psicólogo en el estudio y solución de problemas tales como: educación especial y diferencial, comunalidad, readaptación y recuperación, higiene sexual y mental, lucha contra el alcoholismo y toxicomanías, dictámenes sobre personalidad, etc. [...] Entendemos que toda acción tendiente a la terapéutica individual o colectiva de individuos o grupos de personas debe ser dirigida por profesionales médicos y especificarlo así el texto legal (Departamento de Psicología, 1967: 16).
A su vez,
en su artículo cuarto, establecía una prohibición
que en el futuro tendría el efecto de una profecía autocumplida:
"La profesión del psicólogo no podrá ser ejercida
en consultorio privado". Era el último resguardo de un espacio
de intervención que hasta entonces había sido privativo
del médico, característico de su rol y definitorio de
su prestigio social.
Ante esta situación, en septiembre de 1964 la Facultad de Humanidades
designó una comisión para que se abocara al estudio del
problema, conformada por Luis Ravagnan, Eduardo Colombo (titular de
Psicología Social), David Ziziemski (titular de Psicopatología
General), una graduada y una alumna. En su primer informe, luego de
realizar una enumeración detallada de decenas de actividades
que podían realizar los psicólogos de las tres ramas,
la comisión aclaraba que se trataba de "tareas independientes,
estrictamente psicológicas, que no puede cumplir ningún
otro profesional por carecer de la formación correspondiente".
En cuanto al psicólogo clínico, en los casos en que formara
parte de un equipo con médicos o trabajadores sociales, asumiría
"una función significativa en los aspectos que corresponden
al diagnóstico y a la labor terapéutica." Ya no se
daba por descontada la supervisión médica, especificándose
que "el liderazgo, en caso de existir, habrá de poseer un
carácter funcional de acuerdo con las variantes operativas producidas
en el campo de acción". En mayo de 1965, en su segundo informe,
la comisión dejaba constancia de que el carácter profesional
de la labor del psicólogo exigía "inexorablemente
un gabinete de trabajo", donde habría de desarrollar "su
función específica". En cuanto al psicólogo
clínico, lo definía no ya como a un "antropólogo
experimental" (según el cliché utilizado durante
los tiempos de Monasterio), sino como a un "profesional especializado
en los problemas que conciernen a la personalidad, cuya función
consiste en estudiar, comprender y operar en el campo de la conducta
significativa".
Finalmente, para zanjar definitivamente la cuestión, el presidente
de la Universidad (que por entonces era el psiquiatra Roberto Ciafardo)
designó una comisión mixta, conformada por dos representantes
de la Facultad de Humanidades (Juan Carlos Pizarro y Angel Fiasché)
y dos de la Facultad de Ciencias Médicas. Curiosamente, en abril
de 1966 esa comisión hizo suyas la mayor parte de las afirmaciones
del informe de la Facultad de Humanidades, por lo que reconoció
al psicólogo como al "único profesional que recibe
una formación específica en el campo de la psicología".
Por otra parte, "para desempeñarse en el nivel de la clientela
privada, a los fines del diagnóstico y tratamiento de la conducta
-en el plano educacional, clínico o laboral- necesita disponer
de un gabinete y debe autorizársele a tenerlo". Aunque se
hacía la salvedad de que, "dicha labor sólo la podrá
realizar con la constatación previa (certificado médico)
de que la o las personas a ser diagnosticadas o tratadas por el psicólogo
tienen un control médico periódico de su salud actualizado".
Otra vez el Departamento de Psicología había ganado una
batalla en la definición que desde la Universidad se daba del
ejercicio profesional de la disciplina. La figura del psicólogo
adquiría un nuevo relieve, ya que, en un período muy corto,
había pasado de ser un "técnico auxiliar del médico"
o un "colaborador útil" a un profesional con un campo
de acción cada vez más definido y un grado de autonomía
bastante elevado. Si bien tendrían que transcurrir casi dos décadas
hasta que esos consensos se tradujeran en una ley de ejercicio profesional,
en los hechos, la nueva comunidad de especialistas comenzaba a apropiarse
de las prerrogativas que le habían sido conferidas. Al no agitarse
más el remanido fantasma del "ejercicio ilegal de la medicina"
fueron muchos los psicólogos que empezaron a complementar sus
sueldos estables con la tan anhelada atención de pacientes en
consultorio. Se inauguraba así una duplicidad laboral que hasta
el día de hoy caracteriza a la psicología en nuestro medio:
por un lado, ejercicio autónomo de una profesión liberal
y, por el otro, trabajo en relación de dependencia en un marco
institucional.
Comentarios finales [Inicio de Página]
A lo largo
de este trabajo exploratorio de la historia de la psicología
en la ciudad de La Plata, sobre la cual muy poco se había escrito
hasta la fecha, nuestra intención ha sido establecer una primera
versión histórica de los numerosos eventos y problemas
que confluyeron en la creación de la carrera de psicología
y en la formación de los primeros psicólogos. Hemos tratado
de basarnos principalmente en las escasísimas fuentes escritas
disponibles, poniendo de manifiesto -desde una perspectiva crítica-
las contradicciones existentes, tanto entre los testimonios de los mismos
actores de este proceso, como en las versiones históricas orales
circulantes, que, de manera retrospectiva, tendían a proyectar
sobre el pasado certezas adquiridas en tiempos más recientes.
En esa dirección, nos ha interesado desarticular la creencia
de que el psicoanálisis, que durante las últimas décadas
ha tenido una primacía incuestionable en el espectro de la psicología
argentina, también habría sido determinante en la creación
de la carrera de psicología de la UNLP en el año ´58.
Por esa razón, en un marco social, institucional, intelectual
y cultural muy complejo, hemos querido describir, en un período
relativamente corto (que va de 1957 a 1966), el pasaje de una tradición
experimental históricamente vinculada al campo de la educación,
a una psicología ecléctica, definida a veces como ciencia
natural y otras como ciencia del hombre, pero siempre difusamente orientada
por intereses clínicos. Sólo más tarde, después
de la creación de la carrera, esos intereses clínicos
predominantes en la cultura y en el cuerpo docente irían hallando
cada vez mayor sustento teórico en el psicoanálisis, matriz
de lectura que se combinaría de manera heterodoxa con varios
saberes de distintos órdenes. En este aspecto, sólo hemos
esbozado algunas ideas iniciales, pero quedaría pendiente un
estudio más detallado de la implantación del psicoanálisis
en la cultura, y de sus vías de ingreso en los claustros universitarios
platenses. Por otra parte, el análisis de estos temas requiere
un enfoque ampliado que englobe a las otras carreras del país,
ya que no sólo constituyeron el contexto de lo sucedido en La
Plata, sino que fueron parte integrante del campo intelectual que le
dio origen.
Respecto de la hegemonía de determinadas corrientes de pensamiento,
puede señalarse que los principales protagonistas de la creación
de la carrera (claramente Calcagno y Monasterio) no se convirtieron
en referentes teóricos de las primeras promociones. Más
bien por el contrario, figuras tales como Ravagnan, Knobel, Rolla y
Pizarro -con actuaciones institucionales menos destacadas, pero con
concepciones de la psicología más a tono con la época-,
dejaron una huella mucho más duradera en la formación
de sus alumnos. En ese sentido, podría llegarse a la conclusión
de que en el lapso que va de 1959 a 1965, los sucesivos cambios de autoridades
en el Departamento de Psicología (Monasterio, Ravagnan y Pizarro)
implicaron un "sinceramiento" a nivel institucional de las
hegemonías que se venían estableciendo en el plano de
las ideas. De este modo, la tradición experimental que Monasterio
no logró instaurar dio paso a la orientación fenomenológica
de Ravagnan, quien a su vez fue reemplazado por Pizarro, más
afín al psicoanálisis y experto en técnicas proyectivas.
Por supuesto que es esta una visión un tanto lineal y esquemática
de una trama discursiva que era en realidad mucho más compleja.
No obstante, sirve para un primer ordenamiento de un panorama intelectual
que de otro modo aparecería como extremadamente confuso. En todo
caso, lo que sí resulta claro es que en la ciudad de La Plata
no existió una figura carismática que cumpliera la función
que tuvo José Bleger en Buenos Aires, proponiendo a la vez un
proyecto académico para la disciplina y un proyecto de profesionalización
para los graduados. Si bien Ravagnan llegó a sentar las bases
de una visión totalizadora de la psicología en varios
de sus libros, nunca pudo plantear un "modelo de psicólogo",
ya que él mismo, filósofo de formación erudita,
jamás incursionó fuera del ámbito académico,
por lo que difícilmente podía encarnar un modelo profesional
creíble para sus alumnos.
En cuanto a la conformación del campo profesional, ha sido nuestra
idea que dicho proceso se dio principalmente por oposición al
campo de la medicina y por diferenciación respecto del mismo,
a lo largo de un prolongado conflicto que tratamos de describir de manera
detallada. De este modo, las aplicaciones más tradicionales de
la psicología en el área laboral y educacional fueron
quedando relegadas por aquellas incumbencias que se situaron en el centro
de la escena, entre otras razones, a raíz de ese debate. La asunción
de un rol profesional no sólo se da por una mera transmisión
teórica, sino a través de un complejo proceso identificatorio
que implica la existencia de modelos significativos. En ese sentido,
la disputa entre los "médicos profesores de psicología"
y los "médicos profesores de medicina" contribuyó
a poner de relieve el problema de la psicoterapia y la atención
de pacientes en consultorio, a pesar de todos los esfuerzos orientados
a encaminar a los futuros psicólogos hacia la investigación
científica y experimental. Aunque los profesores médicos,
de alguna manera, muchas veces dijeran "haz lo que yo digo y no
lo que yo hago", fue muy relativa la eficacia tanto de la prescripción
como de la interdicción, si se considera la enorme distancia
que existía entre los roles propuestos a los alumnos y los roles
que efectivamente empezaron a asumir los psicólogos que se recibían.
Si bien el predominio casi excluyente de la clínica y el psicoanálisis
en el desempeño profesional recién se afianzaría
en los años ´70, ya en 1966 podían encontrarse los
signos del fracaso definitivo del proyecto de instaurar una tradición
experimental en la ciudad de La Plata, no sólo respecto de las
aplicaciones posibles de la disciplina, sino en lo concerniente al campo
estrictamente académico. Finalmente, para completar este panorama,
sería necesario estudiar en detalle los avatares de la inserción
profesional de los primeros psicólogos, su desempeño en
distintas instituciones, las demandas que se les formularon desde el
Estado y el ámbito privado, la organización de la Asociación
de Psicólogos, y la manera en que todo eso incidió en
la formación de las nuevas camadas de egresados.